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Concluida la campaña electoral, los ciudadanos deben procesar toda la información que han obtenido para tomar una decisión sobre las reformas constitucionales propuestas y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Los contenidos de la campaña electoral no eran diseñados para hacer pensar, sino para simplificar, engañar y apelar a las emociones.

Las ideas más valiosas han sido aporte de constitucionalistas, analistas y periodistas. Los políticos no valoran el pensamiento, creen en fórmulas mágicas diseñadas por politólogos y asesores expertos en la manipulación de los electores, por eso se llegó a decir: nunca se miente más que antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.

Una nueva Constitución despierta cierto optimismo porque los políticos aseguran que solucionará problemas concretos como la violencia y el desempleo y que permitirá resolver asuntos más abstractos como la gobernabilidad y el reordenamiento institucional. No hay lugar para la verdad.

El sueño de la democracia es un elector bien informado y pensante, pero ¿quién le informará y quién le hará pensar? Los políticos se dan modos para impedir la información libre que predican y para apelar a las emociones y evitar las reflexiones. Esta curiosa huida de la racionalidad debe ser por aquello que dijo Bertrand Russell:

“El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.”

El país decidirá por votación si desea una nueva Constitución de la que nada sabe. Será un voto de confianza en la buena fe con que se manejará el proceso. A la vista de las condiciones en que nos llevan a las urnas, pensar tal vez resulte subversivo tal como dice Russell y, tal vez, los políticos piensan bien cuando tratan de evitar que los electores piensen.



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