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En los 70 un embrujo violento se apoderó de parte de la izquierda latinoamericana. Creyeron que la sangre limpiaría las injusticias sociales. Inspirados por el Ché y el espejismo cubano, miles de jóvenes encarnaron sus ideales en fusiles. Pero, la frontera entre el revolucionario y el criminal se volvió de humo. Secuestros, extorsiones y narcotráfico se volvieron sinónimos de justicia social. Un conjuro justificaba todo: “¿Quién es el ladrón: el que roba o el que funda el banco?”. Así, los atracos se convirtieron en “recuperaciones revolucionarias” y la izquierda ideológica inició un baile de máscaras con la delincuencia organizada.

Argentina: Cleptocracia disfrazada de justicia

El kirchnerismo, heredero del viejo peronismo, aprendió los hechizos del populismo y montó el teatro de la justicia social. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, mientras el Estado se consumía en deudas y la inflación devoraba los sueños, sus fortunas personales crecieron como hongos. Obras públicas infladas, sobreprecios firmados en la oscuridad, empresas que se desvanecían en el aire y una red de testaferros, actuaron en una obra que predicaba la igualdad, mientras un saqueo a escala industrial robaba hasta el escenario.

Bolivia: Espejismo y bancarrota del Estado

Tras dos décadas de la hegemonía del Movimiento Al Socialismo del indígena cocalero Evo Morales, Bolivia es el reflejo de un espejo que sangra. La promesa de justicia social evaporó miles de millones del gas y el litio, que se esfumaron entre corrupción, subsidios y propaganda, dejando tras de sí la quiebra económica del Estado. El MAS convirtió la soberanía en un control absoluto y la justicia en un saqueo legalizado. Evo Morales, que gobernó tres periodos, vio cómo su vicepresidente, Luis Arce, se convertía en presidente y creaba una ley contra él, desatando la paralización del país. Ahora, las mafias europeas, como seres de otra dimensión, han desatado el infierno de la violencia. La misma historia que entre Lenín y Rafael, la misma violencia organizada que devora países en comunión con la izquierda. Solo el espejo de Venezuela refleja algo peor.

Brasil: Del idealismo a la sombra de las Favelas

En las cárceles de Río de Janeiro, nació el Comando Vermelho de un abrazo forzado entre presos políticos de izquierda y criminales comunes. Los primeros aportaron la estructura, la disciplina y los cantos de sirena de la ideología; los segundos, la logística y el control territorial. De esa simbiosis nació un poder oscuro que se extendió por las favelas cariocas. La reciente masacre de más de 180 delincuentes es el testimonio sangriento de cómo aquel sueño de revolución social se transfiguró en una maquinaria de muerte y narcotráfico.

Chile: Lo caro del hechizo ideológico

Chile fue durante décadas un oasis de lucidez, un lugar donde la estabilidad, la inversión y la prosperidad florecían sin dogmas. Combinaba el mercado con instituciones sólidas, logrando un crecimiento y paz que todos envidiaban. Pero con el socialismo en el poder, una maldición se lanzó: en nombre de la igualdad, la autoridad se debilitó; en nombre de la justicia social, los incentivos productivos se desvanecieron; y en nombre de la inclusión, la ley se volvió relativa. El resultado fue una caída acelerada, la fuga de capitales, una inflación que carcome y la pérdida del orden público. De ser el país más seguro de Sudamérica, ahora enfrenta violencia urbana, terrorismo en el sur, narcotráfico y una crisis migratoria que se desborda. El Estado, temeroso de ser acusado de represivo por los colectivos radicales, ya no ejerce su autoridad, permitiendo que la ideología sustituya al orden.

Colombia: De la guerrilla al palacio

La izquierda que prometía liberar al pueblo de la oligarquía, como las FARC o el ELN, terminaron controlando las rutas del narcotráfico, amasando fortunas colosales y financiando campañas en Colombia y Ecuador. La paradoja histórica se consumó con Gustavo Petro, un exguerrillero convertido en presidente, un símbolo viviente de cómo la delincuencia armada se transfiguró en gobierno a través de la vía electoral, para estimular y proteger al narcotráfico.

Ecuador: De pandillas a colectivos ciudadanos

Alfaro Vive Carajo” se activó entre 1983 y 1988, buscando “liberar al pueblo”. Asaltaron bancos, se enfrentaron con el ejército. En 1986, el banquero Nahím Isaías fue secuestrado y asesinado. El grupo fue desarticulado en 1988, con la muerte de su líder Arturo Jarrín. Décadas después, varios de sus exmiembros se fundieron en el correísmo y hoy exigen el enjuiciamiento de los jefes militares de esa época, un veneno legal para amedrentar a las Fuerzas Armadas actuales y dar vía libre al crimen disfrazado de ideal.

Durante el gobierno de Rafael Correa, bajo la evocación de “inclusión social”, el Estado transformó a las pandillas en colectivos ciudadanos. Los Latin Kings, una de las agrupaciones más temidas, pasaron de ser perseguidos a recibir reconocimiento jurídico. Su líder, Ronie Aleaga, llegó a ser asambleísta por la RC. Hoy su sombra se desvanece en los techos de Venezuela.

México: Narcoizquierda, el pacto de los espejos

La fusión entre el narcotráfico y la política alcanzó un grado filosófico: “abrazos y no balazos”. El crimen dejó de ser un enemigo del Estado para ser uno de sus componentes funcionales, un pacto entre políticos y cárteles para mantener territorios y ganancias millonarias bajo control. El Estado se transformó en una estructura de poder compartido que ya lleva 2 periodos presidenciales y da asilo a los izquierdistas prófugos de otros países. En México el crimen ocupa un lugar legítimo dentro del Estado. El reciente asesinato del alcalde Carlos Manzo es un eco siniestro: sus asesinos son quienes él combatía: el gobierno y el narco, dos caras de la misma moneda.

Nicaragua: Delirio revolucionario convertido en teocracia

Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo representan la culminación de este proceso: del marxismo guerrillero a la tiranía mística. El sandinismo, que nació como promesa de redención popular, degeneró en un régimen represivo, nepotista y mesiánico. Ortega encarna la máxima expresión de la delincuencia ideológica en el poder, capaz de gobernar con discursos revolucionarios mientras encarcela sacerdotes, opositores y estudiantes, los mismos fantasmas que le llevaron al poder.

Venezuela: El secuestro del Estado

Chávez, proveniente del nacionalismo militar de izquierda, demostró que ya no era necesario asaltar bancos si se podía administrar el Banco Central. Desde el poder, instauró un sistema de saqueo de las riquezas del país bajo el relato de justicia social. Su heredero, Maduro, no puede abandonar el poder porque son tantos los delitos, que su salida sería un viaje directo a la cárcel. Los grupos delictivos que le chupan la sangre a Venezuela, se trasladan a otros países, como Ecuador, atraídos por la vulnerabilidad de sus fronteras y la presencia de una izquierda vampirezca que ya saboreó el poder absoluto.

Resistencia y delincuencia: El baile de las máscaras

Los grupos delictivos de Sudamérica aprendieron que financiar campañas, controlar municipios y disfrazar sus intereses bajo consignas de justicia social, es más rentable que el mismo narcotráfico. El último paro indígena en Ecuador fue interpretado como una comunión entre criminales de la minería ilegal, ambientalistas que se oponen a la explotación legal y grupos de izquierda que llenan plazas, bloquean carreteras y exigen derechos en nombre del pueblo. Encajan en la narrativa de la opresión, un cuento que les garantiza votos, fuerza callejera y víctimas que siembran odio contra el Estado. Leyes de perdón, reformas penales, garantistas y la compra de los funcionarios judiciales crean este ecosistema donde la delincuencia ya no teme al Estado, sino que baila con él.

El delincuente que usa lenguaje de izquierda

La violencia con causa social es la misma delincuencia con justificación ideológica. Un delincuente sin ideología roba; un delincuente con ideología justifica su robo como redistribución de la riqueza y en el momento que empieza a usar el lenguaje de izquierda, deja de ser visto como forajido y se transfigura en luchador. El enemigo actual ya no lleva uniforme militar ni fusil al hombro; viste traje. La franquicia de politizar la delincuencia en nombre de la inclusión y la equidad se comercia en toda Sudamérica. Se roba, se ataca al Estado, se gime persecución y se exige amparo internacional. Cada delincuente que gana millones, se siente revolucionario y teje sus redes para captar el poder político.

Última fase: Depreciar el poder constituido

Mostrar la delincuencia como ideología ha puesto en escena a una líder indígena cuyo hablar bufonesco atrae a los medios, donde sistemáticamente insiste en humillar a la máxima autoridad del país. Lo tilda de ladrón y asesino. Es la fase de deslegitimación del poder del Estado, un conjuro final para justificar y expandir la devastación disfrazada de resistencia, en coordinación con la delincuencia minera que aporta millones a estos actores, que se amparan en la actual constitución y tienen claro su objetivo de destruir al Ecuador, convencidos que de sus ruinas nacerá su nuevo reino.



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