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El pasacalle El Chulla Quiteño es, para la capital, un himno no declarado. Suena en fiestas, en bares, en casas y, sobre todo, en las chivas que atraviesan la ciudad con turistas y locales que cantan a ‘todo pulmón’. EXTRA decidió caminar por los cuatro lugares que cita la canción, escrita entre 1946 y 1947, para conocer cómo lucen hoy.
La Loma Grande
El recorrido comienza en La Loma Grande, uno de los barrios más antiguos y simbólicos del Centro Histórico. Para llegar, hay que atravesar un pasaje tipo túnel que se forma bajo la estructura del convento de Santo Domingo, una solución arquitectónica colonial que sostiene el edificio y permite el paso hacia el sur por la calle Rocafuerte, antiguamente calle Larga.
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Al cruzarlo, la luz cambia. La calle asciende con casas coloniales que conservan balcones y muros gruesos. Todo luce limpio, ordenado, con señaléticas recién pintadas sobre la calzada. Sin embargo, cerca del mediodía de un viernes, muchos locales estaban cerrados, dejando la sensación de que el movimiento aquí es escaso.
Al final de la subida aparece un pequeño redondel donde se cruzan tres señales del barrio: el Centro Cultural Mama Cuchara, un hotel que lleva el mismo nombre, considerado una joya de cinco estrellas levantada en una casona del siglo XIX, y un pequeño monumento que recuerda la tradicional calle con forma de cuchara. Es un rincón cuidado, con adoquines brillantes y fachadas impecables.
Pero basta avanzar unos pasos para que el panorama cambie. Algunas paredes muestran desgaste, pintura vencida y balcones en mal estado. Es el contraste típico del Quito patrimonial: belleza restaurada junto a estructuras que esperan su turno. “Ha mejorado, pero falta”, comenta Luis Tenenzaray, asistente frecuente de una iglesia del sector. Para él, La Loma Grande es un lugar con alma, aunque aún merece más atención.
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La Guaragua
El camino sigue hacia La Guaragua, en las calles Galápagos y Vargas. La escalinata que baja es atractiva desde lejos: un arco antiguo, fachadas de colores y el bullicio de los comercios. Pero al acercarse, el encanto compite con grafitis, basura y una sensación ligera de inseguridad.
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Junto al arco, un local exhibe estatuillas de la Santa Muerte. Más abajo, un taller, una bodega y un negocio que ofrece limpias espirituales con un cartel escrito a mano que dice: “se asen limpia”. Al traducir esa frase al inglés, aparece “they roast clean”, algo completamente distinto, pues se interpretaría, literalmente, como “se asan limpios”.
“Aquí hay que caminar con cuidado en ciertos horarios”, comenta Pablo Rivera, vecino desde hace años. Aun así, destaca que en la zona se venden ceviches muy buenos, casi siempre en la informalidad, una tradición que resiste pese a todo.
El Panecillo
La tercera parada es El Panecillo, la colina que divide el sur y el centro de la ciudad. Su nombre proviene de los conquistadores, que la compararon con un pequeño pan. En tiempos prehispánicos, aquí hubo un templo solar; hoy, la Virgen de Quito (única en el mundo representada con alas) domina la vista con 7.400 piezas de aluminio.
En esta época del año se instalan las estructuras para el pesebre iluminado y las luces navideñas. Pero el turismo no se detiene. Julio Cuchiparte llegó desde Zumbahua, cantón Pujilí, Cotopaxi, junto a su familia. “Es bonito, cumple lo que uno espera”, dice mientras observa los miradores, las tiendas de artesanías y la plaza gastronómica donde se ofrece de todo. No faltan tampoco las parejas de enamorados, que encuentran en los bordes del cerro un balcón natural hacia el casco colonial, separado por un bosque que parece dibujado para ese momento.
La Plaza Grande
La última parada es la Plaza Grande, corazón político y simbólico de Quito. Está rodeada por el Palacio de Carondelet, la Catedral, el Municipio y el Palacio Arzobispal. En las bancas se sientan adultos mayores que conversan o descansan, dando a la plaza un aire pausado y clásico.
Lo que contrasta es que muchos de los negocios que funcionaban en los bajos del Palacio de Carondelet ya no existen. Desde enero de 2024, el vallado que rodea la sede de Gobierno impide el acceso. Barberías, tiendas y comercios tradicionales cerraron, perdiéndose parte de la vida cotidiana de este punto histórico.
Incluso así, la plaza sigue viva. Vendedores de ponches, caramelos, cigarrillos y recuerdos cruzan entre turistas y locales. La actividad informal llena el vacío que dejaron los locales cerrados y mantiene el pulso del centro histórico.
Así se ven, hoy, los cuatro lugares que el pasacalle convirtió en símbolos. La Loma Grande, La Guaragua, El Panecillo y la Plaza Grande. Cuatro escenarios que siguen contando la historia de Quito, una ciudad que este 2025 cumple 491 años y que, pese al paso del tiempo, continúa cantándose a sí misma.
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