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El poder global ya no se disputa solo con armas, tratados o mercados. También se define en la industria de los semiconductores, un sector altamente concentrado que sostiene la economía digital de hoy.

En ese escenario, Taiwán ocupa una posición central: allí se fabrican los chips más avanzados del mundo, indispensables para la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los sistemas financieros y buena parte de la infraestructura crítica.

Esta concentración no es accidental. Es el resultado de décadas de inversión, especialización técnica y talento humano, que han convertido a Taiwán en un nodo difícil de reemplazar. Sin embargo, esa eficiencia tiene un costo evidente. La economía global depende de un punto geopolíticamente sensible, expuesto a la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China. La llamada ‘fragilidad del silicio‘ ya no es una advertencia teórica, sino un riesgo reconocido a escala internacional.

En este contexto, Ecuador no es un actor marginal. Aunque el país no fabrica semiconductores, depende de ellos para su infraestructura digital, el sistema financiero, las telecomunicaciones, la innovación empresarial y varios sectores productivos estratégicos.

Esa dependencia lo coloca en una posición débil: es tomador de precios y de tiempos. Cuando la cadena global se tensiona, Ecuador accede más tarde a la tecnología, paga más y recibe soluciones menos actualizadas.

Las consecuencias no son abstractas. La innovación se encarece, los proyectos tecnológicos tardan más en escalar y las empresas locales pierden competitividad frente a mercados mejor integrados. La dependencia tecnológica, así, se traduce en una desventaja económica concreta. No es solo un problema del sector digital; es un factor que incide en productividad, empleo y desarrollo.

Ahora bien, el debate no debe desviarse hacia falsas soluciones. Los expertos coinciden en que Ecuador no está en condiciones de fabricar chips avanzados, ni debería intentarlo. No tiene escala, capital ni un ecosistema industrial que lo permita. Pero eso no implica resignación. Existen opciones realistas: apostar por talento, software, servicios tecnológicos, diseño, testing, reparación de hardware y una política que reduzca la dependencia de un solo proveedor o bloque geopolítico.

Además, el momento importa. La reconfiguración de la cadena global de semiconductores abre una ventana de oportunidad para América Latina.

Algunos países ya avanzan con estrategias claras. Ecuador, en cambio, sigue sin una definición pública y coherente sobre su lugar en la economía tecnológica global.

Por eso, la pregunta de fondo no es si el país puede competir con Taiwán. La pregunta es si Ecuador seguirá tratando la dependencia tecnológica como un tema secundario o si asumirá que, en el siglo XXI, el desarrollo también se juega en decisiones que hoy parecen técnicas, pero que mañana serán estructurales. Ignorar esa discusión tiene un costo. Y en el caso de Ecuador no será bajo.



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