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Nos trasladamos al desierto de Marruecos para sumergirnos en Sirāt. El título de la película, que aparece recién en el minuto 32, es una palabra árabe que significa “el camino” y, en la tradición islámica, alude al puente que cruza sobre el infierno rumbo al paraíso.

La idea original surgió en la mente de su director, Óliver Laxe, allá por 2011, cuando imaginaba una carrera temeraria entre camiones en el desierto. Con el tiempo, esa idea de guion evolucionó hacia un viaje al mundo de la cultura rave europea.

¿De qué trata?

Luis, de aproximadamente 60 años, llega a una rave acompañado de su hijo pequeño Esteban y su perra Pipa, tras viajar desde España en busca de su otra hija, Mar, de quien no tienen noticias desde hace demasiado tiempo. Mar solía desaparecer unos días en fiestas, pero esta vez la ausencia se prolongó más de la cuenta.

La rave está repleta de fiesteros europeos que, en un largo plano secuencia, construyen un muro de parlantes. La música retumba en un ritmo monótono, invitando a bailar durante días enteros, hasta que el cuerpo ya no resista, literalmente.

Cuando el ejército irrumpe y dispersa la fiesta porque se acerca la tercera guerra mundial, Luis decide seguir a los vehículos que se desvían del camino principal y se adentran en el desierto, escapando de los militares hacia otra rave aún más remota. Sigue con esperanzas de encontrar a su hija.

En el trayecto, entre obstáculos y dificultades, los ravers y el dúo padre-hijo terminan uniéndose por necesidad y formando una especie de familia improvisada. Esa armonía se rompe de golpe por una tragedia inesperada que cambia por completo el tono de la historia. Pero hasta ahí puedo contar (dile no al spolier) la película ya está en los cines del país.

Con la excepción de los actores principales, Sergi López y Bruno Núñez Arjona, la mayoría de los personajes de reparto son interpretados por no profesionales, muchos de ellos amigos que Laxe conoció en raves reales a lo largo de los años.

El rodaje fue tan exigente para el equipo como para los personajes: se filmó en el Sáhara, entre Marruecos y Teruel (España), entre mayo y julio, bajo un calor extremo y tormentas de arena que incluso dañaron lentes de cámaras (formato Super 16) y obligaron a repetir escenas.

Amor de la crítica

Sirāt ha pasado por numerosos festivales internacionales y ha recibido elogios como la obra más audaz y poderosa de Oliver Laxe hasta la fecha.

¿Es la película más loca del año? Yo creo que sí. Para quienes no están acostumbrados al cine experimental puede resultar rara, lenta o hasta aburrida, pero para muchos otros es una obra maestra.

Acumula más de 100 nominaciones y decenas de premios en distintas categorías alrededor del mundo, lo que la convierte en una de las películas iberoamericanas más galardonadas de la historia reciente.

Entre sus reconocimientos destacan el Premio del Jurado en Cannes (ex aequo), el Premio a la Banda Sonora de Cannes, una mención especial del jurado AFCAE y el Premio del Jurado de la Palma de Oro por las actuaciones caninas de Pipa (la jack russell de Luis y Esteban) y Lupita (la mestiza podenco de los ravers).

Además, está nominada a los Oscar 2026 en Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, a los Golden Globes con varias candidaturas y a los Premios Goya con 11 nominaciones, entre otros.

Con Sirāt, Óliver Laxe nos muestra una road movie experimental sobre la pérdida y el escape hacia lo incierto. Es una película que impacta con giros inesperados y dolorosos, una experiencia que nos hiponotiza a ratos y que parece casi como una prueba psicológica.

Lo más potente del film es su capacidad para absorbernos desde los primeros minutos en ese mundo ajeno: nos convertimos en uno más de los bailarines que vibran entre el polvo del desierto, en uno más de esa rave que marca el inicio del camino.

El gran acierto de Sirāt radica, precisamente, en su habilidad para sorprendernos una y otra vez, tomando siempre un rumbo distinto al que imaginamos al principio.

Una propuesta visualmente rica, sonora impecable y profundamente conmovedora que deja al espectador tan desconcertado como fascinado, como si acabara de completar su propio viaje.



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