Federico González Suárez fue eclesiástico, político, historiador, catedrático universitario, crítico literario y arqueólogo ecuatoriano. Su obra monumental es comparable a la de otro fraile: el P. Juan de Velasco, jesuita riobambeño.
El ejercicio sacerdotal no impidió a González Suárez dedicarse a la investigación, a la oratoria sagrada y a escribir historias. Su “Historia General del Ecuador”, en ocho volúmenes, publicada entre 1890 y 1903, constituyó un gigantesco aporte al conocimiento del país, sus raíces y proyecciones, sin contar con otras producciones científicas y literarias.
La “Historia General del Ecuador” abarca el desarrollo histórico del ser humano en territorio ecuatoriano desde la era precolombina hasta la independencia. Incluyó consultas de numerosos documentos en archivos históricos y bibliotecas de España y otras ciudades importantes de la Península.
Nació en Quito, el 12 de abril de 1844, y desde entonces desarrolló una magnífica obra reconocida como una de las más importantes del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Alfaro y González Suárez
El progresismo apareció en el país con aires de estabilidad. Luis Cordero ascendió al poder, pero cuando le faltaba un año para terminar su período, la “cuestión de la bandera”, renunció y la primera magistratura recayó en Francisco Javier León, pero sus intentos fueron vanos. Eloy Alfaro entró en escena con los montoneros, y culminó con la revolución liberal el 5 de junio de 1895.
El 8 de septiembre del mismo año, González Suárez fue designado obispo de Ibarra, y aparecieron no pocos incidentes matizados por su producción intelectual. En 1886, en sus “Estudios Literarios”, expuso la concordancia entre lo clásico y lo romántico. Revivió a fray Luis de León, Virgilio, Chateaubriand y Dante. En esa época se publicó “Hermosura de la naturaleza y sentimiento estético de ella”, obra reconocida por Menéndez y Pelayo, como lo mejor salido de su pluma.
El 4 de junio de 1900, el obispo González Suárez fue invitado por Eloy Alfaro para pronunciar un discurso sobre el asesinato de Antonio José de Sucre, delante de los restos del “Abel americano”. Su pieza oratoria ha sido reconocida en los anales de la historia.
Y nuevos sucesos acaecieron: el 27 de marzo de 1904 falleció el arzobispo de Quito, Pedro González Calixto, y fue designado nuevo arzobispo Federico González Suárez por el Vaticano, quien hizo su ingreso oficial el 5 de junio de 1906. Fueron dos años de espera después de su designación por la Santa Sede, porque Eloy Alfaro generó un impasse por la Ley del Patronato que permitía la intervención del ejecutivo en la presentación de la terna.
Alfaro desconoció la decisión del Papa, y monseñor González Suárez respondió: “El gobierno dictatorial desconoce mi autoridad como arzobispo de Quito. ¿Dejaría por eso se ser arzobispo? Dos cosas no podrán despojarme: del amor a la Patria y del palio arzobispal”. Y añadió: “El liberalismo es un materialismo disfrazado”.
La Patria amenazada
En 1910 surgieron nuevas controversias con el Perú. El tratado Espinoza-Bonifaz sometió la solución del problema limítrofe al arbitraje del Rey de España, pero no funcionó. La Sociedad Patriótica, en la que participaba el arzobispo González Suárez, publicó un estudio de la cédula de 1802, y el Perú declaró la guerra al Ecuador. Alfaro fue a la frontera con el ejército y todo el país se movilizó.
En una memorable circular, González Suárez escribió: “Si ha llegado la hora que el Ecuador desaparezca, que desaparezca, pero no enredado en los hilos de la diplomacia, sino en los campos del honor, al aire libre, con el alma al brazo: no lo arrastrará a la guerra la codicia, sino el honor”.
Del alfarismo al placismo
Los problemas políticos continuaron. La segunda presidencia de Alfaro no la terminó por influencia del placismo, y Alfaro salió exiliado a Panamá con la promesa de no volver en dos años. En enero de 2012 se realizaron elecciones y triunfó Emilio Estrada, quien murió súbitamente, y la presidencia quedó en manos de Freile Zaldumbide.
Entonces, Flavio Alfaro se declaró jefe supremo en Esmeraldas, y Pedro Montero en Guayaquil. Al conocer estos hechos, Eloy Alfaro decidió regresar al Ecuador en calidad de mediador, pero el descontento enfrentó a la costa alfarista contra la sierra terrateniente. Los combates de Huigra y Mocha definieron la contienda. El ejército de Quito ingresó a Guayaquil y apresó a los insurgentes, y el general Montero fue linchado. Ante gravedad de los acontecimientos, decidieron enviar a Quito por ferrocarril a los prisioneros y trasladados al panóptico.
El general Leónidas Plaza escribió una carta al arzobispo González Suárez, en la que apelaba a los sentimientos humanitarios y cristianos en favor de los prisioneros. La súplica al pueblo por parte del prelado se distribuyó en Quito, pero fue tardía. El 12 de enero de 2012, la turba asaltó a los Alfaro, Ulpiano Páez y otros. Los arrastró e incineró. Varios sectores acusaron a González Suárez de complicidad.
“La gloria humana se evapora”
A partir de estos luctuosos acontecimientos, Federico González Suárez se dedicó a organizar sus obras, y fundó la “Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos”, que la presidió con dignidad. Más tarde se convertiría en la “Academia Nacional de Historia”.
Cargado de años, las enfermedades le acosaron. “Yo he vivido siempre anhelando por el bienestar, por el progreso, por el engrandecimiento de la Patria; he suspirado por verle civilizada, y me he afligido cuando he visto su autonomía en peligro, porque amo al Ecuador sinceramente”, dice en sus “Memorias Íntimas”.
Estos pensamientos parecen ser los últimos: “Creo haber cumplido mi deber con la Religión y mis deberes con la Patria. De nada me acusa mi conciencia, volvería a hacer lo que he hecho. La gloria humana se evapora, se desvanece. El hombre es nada”. Expiró el 1 de diciembre de 1917.
Otro mérito
La obra de Federico González Suárez ha trascendido los libros y las fronteras. Sus aportes a la investigación histórica, la arqueología, la antropología, la literatura y las ciencias sociales constituyen referentes incomparables. La formación que recibió de los jesuitas fue clave, según él mismo lo ha reconocido.
González Suárez fue un precursor. A propósito, a González Suarez hay que reconocerle otro mérito: haber “descubierto” en el tomo séptimo de su “Historia General del Ecuador”, la presencia de Eugenio Espejo, sus libros, sus ideas libertarias y las circunstancias de su muerte.
El sistema educativo del Ecuador tiene una deuda especial con Federico González Suárez. Porque no basta recordar un día -el del Maestro- para recuperar la memoria de este patricio.
Fuente: “Biografía de Federico González Suárez”, inédita, por Fausto Segovia Baus, 1968.