bg_album_art-removebg-preview


Migrar, un viaje profundamente humano

El ser humano ha migrado desde tiempos remotos: por el clima, por la política, por las guerras o simplemente por el deseo de aventura. Somos nómadas por naturaleza. Hace poco, mi hija se hizo un test de ADN para conocer de dónde provienen sus antepasados. Si lo piensas, es emocionante saber que por tus venas corre la sangre de generaciones que han dado la vuelta al mundo.

Hoy, la migración tiene otro matiz. Para muchos países del primer mundo se ha convertido en una necesidad: mano de obra, cuidados para adultos mayores, sectores completos sostenidos por quienes llegan de lejos. Pero ¿qué tan preparados están esos países para recibir una oleada de migrantes que buscan salud, oportunidades y, más allá de eso, una comunidad que los acoja como iguales?

En mi historia, migrar siempre ha estado presente. Mi abuela paterna tuvo doce hijos: uno se asentó en Australia, otro en México, un par en Estados Unidos. Más tarde, la tía de mi abuelo materno emigró a Estados Unidos en los años cuarenta. En mi caso, mi madre emigró durante la crisis del 99: quedarse era remar en un barco que se hundía o buscar mejor viento en otras aguas.

Desde mi puesto de agente de viajes en Ambato fui testigo de una de las migraciones más grandes de nuestro país. Cada día daba instrucciones a quienes partían: qué vestir, qué decir al llegar a la conexión en Ámsterdam. “Si pasan ese control, ya están adentro”, les decía. Llevaban la famosa bolsa de viaje con 2000 dólares, un seguro y unas pocas noches de hotel. Fue un gran negocio para ciertas “agencias” que en realidad eran prestamistas disfrazados cobrando intereses del 10, 15 o hasta 20% semanal. Muchos hicieron fortuna con la necesidad ajena.

Vi de cerca la separación de familias, las lágrimas de incertidumbre sin saber si habían pasado migración. Entre 2000 y 2005 emití al menos 50 boletos aéreos semanales: cincuenta almas buscando un futuro mejor. O, si lo quieres ver en cifras, unos 20 000 dólares semanales entrando al bolsillo de algún prestamista sin escrúpulos.

Las razones eran muchas, pero la razón no siempre acompañaba al corazón. Así nacieron familias fracturadas: abuelos criando nietos, hermanos mayores haciendo de padres, valores familiares debilitados. Hoy vemos parte de esas consecuencias reflejadas en la corrupción que nos tiene atrapados.

Quizá el país salió a flote gracias a las remesas, pero algo se hundió para siempre: los lazos familiares, la identidad y los valores de una generación completa.

Cuando tuve a mi hija en 2009 me prometí no alejarme de ella. Nada vale más que la presencia de un padre o una madre. Nada justifica dejar a la familia, al menos en un país como Ecuador, donde la tierra basta para sobrevivir, porque nuestra tierra da de todo.

Ahora, viviendo en Nueva York —pero con mi hija, siempre con ella— entiendo que quienes llegaron de Europa tras la Segunda Guerra Mundial huían buscando tranquilidad, libertad y oportunidades. Este país parecía prometer que todo es posible si te esfuerzas. Pero cuando ya estás aquí descubres que hace falta más que esfuerzo, más que una green card, más que un pasaporte azul. En estos tiempos, hace falta ser blanco y hablar sin acento para ser parte del sistema.

Hace cuatro años que vivo en un pequeño pueblo cerca de la Gran Manzana. Mi familia logró comprar una propiedad hace unos diez años y me acogieron con ciertas reglas. Vine a vivir con extraños: no los veía desde hacía más de veinte años. La primera impresión es dura. Rompe la idea romántica del reencuentro familiar. Aquí prima el dinero sobre la sangre, y prima el tiempo: cada minuto es dinero. No hay espacio para compartir, para reunirse con los hijos, para una cena en familia.

He visto la cara más amarga de la migración desde mi propia familia. Y he escuchado historias de personas de lugares que jamás imaginé, como Georgia —el país europeo— o Etiopía, en África. Me gusta conversar con los conductores de Uber para practicar inglés y conocer sus historias. Todos tienen una, y están aquí por lo mismo: darle una oportunidad a sus hijos. Quizá esa generación de jóvenes inmigrantes sea la que gobierne este país; lo vemos con figuras como Diana Moreno, ecuatoriana, que llegó a los 11 años junto a su familia y que ahora ha conseguido un escaño político por Astoria y Long Island City.

Para ser honesta, nunca quise quedarme en este país sin documentos. Volví dos veces con visa de turista, pero jamás me quedé. Siempre he tenido un apego profundo al sentimiento de libertad. Y es irónico que ahora, migrar con todo en regla, es lo que menos libertad me ha dado.

Entonces, ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar por empezar una vida nueva en un país extraño? Si una bola mágica me hubiera mostrado todo lo que he vivido, quizá mi decisión habría sido otra. Aquí llega el momento de elegir: regresar para intentar mejorar tu país, o mirar hacia otro lado, no hablar de ICE, del miedo en las calles o del miedo de dejar a tu hija en un campus universitario. Seguir siendo parte de este sistema  en estas circunstancias te cobra en salud mental y física… y con intereses.

A veces pienso que salir de nuestros países ya no es valiente. Es cobarde. Es dejar morir la poca fe y renunciar a la identidad que heredamos de nuestros abuelos. Migrar ya no es humano: ahora es un crimen, uno que puede costarte la vida y la dignidad.

En algún punto hay que encontrar una pausa, un balance. No hay lugar como el hogar ni como las memorias que hiciste en él. Volver a encontrarse es duro. Uno busca muy dentro el valor para regresar sin sentir que ha fracasado. Algunos buscamos el valor para dejar volar a nuestros hijos hacia una educación más global, pero con la esperanza de que no olviden quiénes son, de dónde vienen, y que siempre encuentren el camino a casa sin sentir que abandonan la propia…

Migrar es un viaje profundamente humano… pero si te cuesta la libertad, la dignidad o la vida, corre amigo, corre.

Carla Vascot



Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *