Ecuavisa hizó públicos dos documentos de las Fuerzas Armadas sobre la acreditación y ‘gestión estratégica’ de los medios de comunicación, donde se establece la discrecionalidad de los militares para admitir únicamente a los periodistas afines a sus posturas, a lo que el Ministerio de Defensa apostilló que las fuerzas del orden dirigidas por el Estado son una ‘institución apolítica’.
Como es evidente, el gobierno busca imponer un modelo de ciudadano-soldado que se activa ante la amenaza de guerra y aglomera a la colectividad con ideas cívicas, como lo define Pierre Rosanvallon. Pero la censura no es un invento original del actual régimen, ni mucho menos. Solo algunos casos del siglo XX ilustran la pretensión de limitar el poder de la pluma con el de las armas.
En 1936, Federico Páez, en condición de jefe supremo, encarceló a los editores de los diarios ‘El Día’, ‘El Comercio’ (los dos de Quito) y ‘El Universo’ (Guayaquil) por la publicación de artículos o caricaturas que consideraba ofensivas. Luego, ya en los años 40, Miguel Albornoz, secretario de la Administración Pública de Galo Plaza Lasso, advirtió a los periodistas que las noticias ‘deben salir solo de las fuentes oficiales’, tal como se pretende hoy, a lo que ellos respondieron que la única fuente de información legítima era la verdad, venga de donde venga.
Pero quizás la censura más memorable sea la de 1953, durante el gobierno de José María Velasco Ibarra, llevada adelante por su ministro de Gobierno, Camilo Ponce. Luego de enviar al Congreso una Ley de Imprenta a la que se motejó de ‘Ley mordaza’, el régimen clausuró a los periódicos guayaquileños ‘La Nación’ y ‘La Hora’ (no circularon durante 60 días) y luego a los rotativos quiteños ‘El Día’ y ‘El Comercio’, así como también a ‘Radio Quito’ (cierre de 41 días), del que ‘El Día’ no pudo recuperarse y dejó de circular para siempre.
De acuerdo a Jorge Fernández, periodista que vivió los hechos, la censura tenía que ver con el ‘azote de un sectarismo imprudente y frívolo’ cuyo ‘fin parecía ser el dividir la República en dos bandos’. Impresiona la actualidad de sus palabras y también la perenne necedad del poder que busca ‘ordenar y planificar’ la libertad de pensamiento.