En los tiempos en que la memoria empezaba a volverse de algodón, los abuelos aún recordaban un país que se soñaba a sí mismo entre nevados y manglares. Hablaban de una patria con olor a lluvia en la sierra, a sal en la costa, a tierra mojada en la Amazonía. Pero ahora, en estos días de neblina armada y calendario desquiciado, a uno le da por preguntarse si aquel país no fue más que un espejismo de la geografía, un nombre que le pusieron al vacío.
Cada quien con su volcán
Porque lo cierto es que el Ecuador, ese ser de terno tricolor, se ha ido desvaneciendo como el humo de una cocina lejana. Lo que queda son los reinos diminutos y soberanos: el chimboracense que lleva su nevado en el pecho como una medalla ancestral, el manabita que habla con los muertos de la cultura Manteña, el cuencano que se baña en el Tomebamba para no olvidar su linaje cañari. Cada cual anclado a su pedazo de tierra, como si el resto del mapa fuera un rumor lejano. La única casa grande donde aún ondea, con una solemnidad un poco fantasmal, la bandera amarilla, azul y roja, es el cuartel. Son los soldados, con sus botinas clavadas en el barro de la frontera, los últimos creyentes de una religión que los civiles hemos ido olvidando en los cajones del desdén.
Los nuevos invasores
Mientras tanto, por los ríos y carreteras, avanzan los nuevos conquistadores sin estandartes. Llegan los carteles, con sus lenguas extranjeras y sus dioses de plata y plomo, como una maleza que nadie se atreve a podar. La gente los mira pasar desde la ventana, con la misma impasibilidad con que se mira una tormenta que cae sobre el vecino. No hay grito de patria, no hay puño en alto. Solo un silencio espeso. La nación entera ha perdido el instinto de la manada y cada uno cuida únicamente su guarida.
Raíces más antiguas
Y en las alturas, donde el aire es tan delgado que se confunden los siglos, los pueblos indígenas caminan con la mirada puesta en un almanaque mucho más antiguo que el de 1 534. Para ellos, la palabra “Ecuador” es un paréntesis en una crónica que empezó con los puruháes, los cañaris y los guerreros que desafiaban al sol. Lograron, con una sabiduría de siglos, que la Constitución los nombrara “nacionalidades”. Pero esa victoria no fue para sumarse al coro nacional; fue para cantar, con más fuerza, sus propios himnos en kichwa o shuar. Su lealtad es un árbol cuyas raíces beben de un suelo que no se llama República del Ecuador.
Perdimos el manual del amor
Uno se pregunta en qué desván del olvido quedó el manual para querer a este lugar. ¿Quién se llevó de las escuelas el libro gordo del civismo, la ética que olía a tiza nueva, la filosofía que nos preguntaba quiénes éramos? Los sacaron, como quien saca los muebles viejos para dar paso a la nada. Y en esa nada crecieron generaciones que saben más del algoritmo de un celular que de la historia de su propia calle. El amor a la patria, sin ese riego lento de la enseñanza, se secó como una planta de plástico.
La patria en el exilio
Sin embargo, hay un conjuro que todavía revive al fantasma. Cuando el ecuatoriano se vuelve una sílaba extraña en otra tierra, entonces sucede el milagro. En un mercado de Madrid, al oír un acento lojano; en una cocina de Nueva York, al probar un ají que pica como el de casa; en la soledad de una habitación alquilada en cualquier parte de Europa … ahí, solo ahí, la patria se hace carne y llanto. La ecuatorianidad, entonces, no es más que la nostalgia vestida de domingo. Un país que solo existe en pasado, en el recuerdo y en el deseo de regresar a un lugar que, tal vez, nunca fue tan real como cuando se lo extraña
Barco sin tripulantes
Así estamos, navegando en este barco llamado Ecuador, donde cada tripulante rema hacia una isla diferente, mientras el capitán —si es que queda alguno— grita órdenes que el viento se lleva. Y tal vez el destino no sea hundirnos, sino evaporarnos lentamente, dejando atrás solo un puñado de banderas regionales flameando sobre los escombros y el eco de un himno que solo se canta cuando ya no hay nadie para escucharlo.