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Desde hace seis años, el Carnaval de Amaguaña, la parroquia rural de Quito, es ya un patrimonio inmaterial de la humanidad. Los domingos de esta fiesta pagana, Amaguaña es una verdadera fiesta. Pero es carnaval a lo criollo: con espuma, pero también con huevos, harina, anilina y, obviamente, agua.

No se salva nadie, ni siquiera los participantes en el desfile de colegios, instituciones. Y ahí estuvo el Mini de Mi Comisariato, participando de esta celebración que una a la comunidad y atrae a los turistas locales, empapado, espumeado. Ni siquiera se salvaron los agentes metropolitanos de Tránsito motorizados. La única excepción fue la Policía Nacional.

El Carnaval de Amaguaña es un placer de la vida

El Carnaval es placer. Y como suelen ocurrir con los placeres, todo fue veloz, intenso, y que casi no dan tiempo para darse cuenta de lo que pasa alrededor.

Apenas brota una pequeña espuma, empiezan las batallas de todos contra todos. Y eso es precisamente lo bello: todos están dispuestos a hacer parte de esta fiesta que nos remonta a los tiempos paganos, a costumbres andinas y nos prepara para la cuaresma. Pero no hay tiempo, todo pasa tan rápido que no hay tiempo para tomarse fotos siquiera.

El Carnaval de Amaguaña es un acto comunitario y feliz. No hay lugar para el mal humor. Todo es diversión: te rompen un huevo en la cabeza y sabes que con el tiempo se va a secar y va a obligar a un trabajo pertinaz para sacarlo. Pero no importa. De eso se trata. ¡Es carnaval! El Carnaval de Amaguaña.

Todos gozan en el carnaval de Amaguaña

Desde las 05:00 comienzan a cerrarse las vías. Desde las 07:00, los que participan del desfile. Y todo arranca a las 10:00. Las multitudes se van tomando las calles, y compran las espumas de carnaval, compran huevos que se venden por docenas, los tintes.

No faltan aquellos que se quedan en sus casas y lanzan los baldazos de agua desde las terrazas. Se grita “!Achachay!”, acompañado quizá de alguna mala palabra. Y hay una carcajada generalizada, incluso de la propia víctima del agua fría.

El truco de la espuma resulta comenzar por la oreja. Los oídos se tapan. Y arranca la batalla.

La espuma se apunta a la oreja. Por ahí comienza lo que luego será la batalla carnavalesca. Foto: Jorge Bustillos / EL COMERCIO

En cambio, cuando de la harina, la anilina o los huevos se trata, es el factor sorpresa lo que importa. Se camina por las calles y de pronto sientes que una mano pasea por el rostro. Y queda todo colorido.

Entonces, el afectado busca su vendeta. Y a veces tiene que ser paciente, esperar el mínimo descuido de su momentáneo rival. Y entonces, ahí sí: a pintarle la cara.

Solo se salvan los adultos mayores. A ellos los respetan, los dejan tranquilos. Pero no vaya a creer que no hay personas de más de 60 años que están enfrascados en el juego. ¿Quién dijo que no se puede jugar y ser feliz como un niño a cualquier edad? Este carnaval es la prueba de lo contrario.

Y siempre la comida será parte de la fiesta del Carnaval

La comida es esencial en las fiestas populares. Y en Amaguaña no fue la excepción. Foto: Jorge Bustillos / EL COMERCIO

Como todo placer, no podía faltar la comida típica de la Sierra: fritada, hornado, empanadas de morocho. Algunos vendían asados, costillas al barril.

Había jugos de todo tipo (coco, naranjilla y otras frutas) estaban en su carrito. No podían faltar los pinchos ni los caldos -siempre el más llamativo será el de patas-, pero también había de gallina.

Y con todo ese estímulo de alegría, de vida, de pasiones, de goces, el domingo de Carnaval en Amaguaña es un patrimonio que vale la pena disfrutar y conocer, por si no ha ido aún. Y de paso, puede ir al Mini de Mi Comisariato, que está siempre cerca de ti.



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