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En los 90 del siglo XX conocí a Cristóbal Zapata (Cuenca, 1968). Vivaz, inquieto, como si algún duende dispusiera sus idas y venidas, daba la sensación de desatender a sus contertulios, pero Cristóbal es un rastreador nato del ser y de las cosas, y ese don se lleva como un estigma o una bienaventuranza.

Sus oficios: leer, pensar, crear, internalizarse en las artes para desentrañar sus enigmas y contraseñas. (Se trata de uno de nuestros más significativos escritores y curadores de arte contemporáneos). Lúcido y perspicaz, no desestima el pasado, sino que se sirve de él para elucidar sobre el hoy y el mañana.

Refundición de su ser en la palabra

Genuino, insaciable, Cristóbal es vértigo, es decir, oficio de vivir, oficio de crear. Solía venir a Quito. Nos reuníamos para hablar de libros y para rendir culto a Dionisio, más que a Baco, a quien considerábamos –con razón– un “dios menor”.

No hay oficio más solitario que el de escribir. Ese es el oficio de Cristóbal. Sus cuentos y reseñas críticas tienen un sitio incuestionable en el panorama de nuestra cultura. Pero Cristóbal es poeta y en toda su obra vibra la poesía como una criatura viva que se mantiene indemne en el lenguaje críptico que a veces utiliza.

“¡Acabo de nacer!/ Entre sombras/ atisbo el pezón materno/ dulce fresa roja en la oscuridad./ … Soy,/ por primera vez,/ otro cuerpo,/ transformado por el hambre/ y el amor”.

El poema es poema cuando la palabra ser se pronuncia en la violencia de un comienzo que le es suyo; suceso que ocurre cuando el poema es la intimidad de alguien que la escribe y alguien que la lee.

Nuestra infancia –doliente o jubilosa– es el instante de la fascinación. Es la edad arropada por un manto iluminado e irrevelado, porque está apartado de la revelación, no tiene qué mostrar. Reflejo. Efluvio de centellas. Rescoldo de fuego. Esa fascinación que puede ser devenida en parte de la madre, y de las miradas del entorno que le correspondió vivir, traspasa la obra de Cristóbal. Nació en Cuenca pero pasó sus primeros años en Biblián: riscos, frío y viento, el campo y su gente, el barroco resuelto en piedra de la Virgen del Rocío, la flor naciente de la vida…

Ese tiempo suena como una música en los textos de Cristóbal. Son los murmullos de la campiña dorada de la infancia: “Con deleite animal/ husmeé, percibí la intimidad de las mujeres/ como si quisiera comprender y aferrar/ el misterio de la vida,/ ese aroma espurio que aún me embriaga”. El poeta fisgonea en todo lo que ve, vive, palpa o presiente.

El envés del cuerpo. Sus intersticios. Después de la piel. Desvelamiento de su desnudez luego de despojarlo de los espejos que lo reflejan, atrayendo o repeliendo. Voyerista del cuerpo y de la vida, Cristóbal –reclusión, fuga o liberación– acude a la palabra para “denunciar” esas tres sensaciones. “La luz del cuerpo inaugura el día./ El cuerpo de la hija célibe,/ el cuerpo del alba”… Y la criatura “aprende a leer” en el poema como si abriera una ventana: “para entender esta cabaña,/ este páramo, este abismo/ donde está su cuerpo”… Enigma. Oquedades. Intersticios.

Cuerpo que será despojado por el tiempo. Hoja por hoja. Piel tras piel. Máscaras. Aquellas que usamos mientras dura nuestro breve paso por la tierra. Mapamundi: “El papel, el mantel y la sábana,/ ríos blancos, hondos/ entre cuyas orillas corren/ los placeres y los días,/ la tinta, el vino y el cuerpo;/ los flujos de la vida,/ los trazos de la muerte”. El universo del cuerpo. Fastuosa y risible manera de celebrar nuestra perecible carne, pero universo al fin.

Cristóbal va más lejos y a la vez más cerca de los confines del ser y de la escritura. La mujer, en la mutua entrega, le recuerda “a tu cuerpo que tiembla/ la húmeda cavidad de tu origen/ el manantial nocturno de tu escritura”.

Apasionado por el arte visual –todo lo que sale de él lleva el signo de la pasión–, dice en su Escrito sobre un cuerpo: “Como un lienzo de Tàpies/ o las Sagradas Escrituras,/… cada noche releo tu cuerpo/ para expurgar los rastros de la desdicha,/ como las olas limpian las huellas/ que sobre la playa deja/ la agonía de los animales marinos”.

Escritura áspera y tierna. Cerrada y abierta, como la vida, como el amor, como la muerte. Escritura nerviosa, iracunda y tierna. Íntima y fraccionada. Apremio de sus interioridades. Alguien, dentro de él, pugna por salir. Es su creación: cautiverio y perdón. Sensualidad y verdad. Poesía.

“El poeta pone un peso o una piedra/ en el platillo izquierdo de la balanza/ y en el otro: una aceituna/ un seno/ un pájaro/ una carretilla verde (o roja)./ Solo la piedra es suya”.



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