Hace no muchos años parecía que la izquierda le arrinconaba a la derecha en todo el planeta, ahora vivimos la reversión de la ola y es la derecha la que arrincona a la izquierda. Pero no es la derecha ni la izquierda sino la mima democracia la que se desvanece; el orden basado en normas ya no está de moda.
El presidente Donald Trump ha extraído al dictador de Venezuela, quisiera anexar Groenlandia a su país y promueve un nuevo orden mundial, todo por las buenas o por las malas porque su poder solo está limitado por su conciencia, según dice; ¿la separación de poderes, los jueces, la Constitución no cuentan? ¿cuándo se diluyó la democracia?
Si las tres grandes potencias han decidido y acordado delimitar las áreas de influencia y construir por la fuerza un nuevo orden mundial, ¿cuál es el papel que les corresponde a los países?, ¿elegir a quién prestarán servidumbre voluntaria? Ni siquiera eso, porque no están en libertad de elegir, su ubicación y su importancia estratégica les condena.
Si los presidentes, de izquierda y de derecha, tratan de colonizar los otros poderes, fabricarse una nueva Constitución y pasar por encima de las leyes con el pretexto de la gobernabilidad, la eficacia o para contar con nuevos “instrumentos” para resolver los problemas, entonces la democracia ya solo es una reliquia política.
Estados Unidos todavía puede recuperar la democracia si el Congreso le pone límites, los jueces castigan el asalto a las leyes y, por último, concluye el período para el que fue elegido. Los líderes de las otras potencias, China y Rusia, no tienen límites, hace tiempo domesticaron a la democracia.
La democracia está en peligro por el autoritarismo global que está lejos de nuestro alcance, pero a nivel local tenemos amenazas que dejamos crecer con impavidez: la corrupción que busca funcionarios de control con sumisión criminal ante el poder, la impunidad que corroe la moral de la sociedad y las pandillas políticas que han reemplazado a los partidos.