“Durante años nos han repetido casi como una verdad incuestionable que todo depende de querer es poder”.
Que si uno se esfuerza lo suficiente, puede con cualquier cosa: comer mejor, dormir más, rendir más, bajar de peso, levantarse con ánimo. La fuerza de voluntad se convirtió en una especie de virtud moral, y cuando no lo logramos, nos sentimos culpables.
Pero el cuerpo no funciona solo con intención; por eso pensemos en algo cotidiano: una persona que se acuesta tarde porque tiene dos o tres trabajos, o porque sus jornadas nocturnas alteran su ritmo biológico, se despierta cansada tras una mala noche, duerme de día cuando puede, toma café para aguantar, come rápido lo que encuentra y llega a la noche exhausta; aparte, quiere hacer ejercicio, quiere dormir mejor, quiere “ordenarse”. No es que no quiera. Es que llega sin energía; aun así, suele escucharse o decirse a sí misma que le falta disciplina o fuerza de voluntad. Pero ahí está el verdadero problema.
El organismo, una máquina llena de células que no responde a órdenes, sino a estímulos; y responde a condiciones. El cuerpo está regulado por sistemas biológicos que buscan equilibrio; ahí entran las hormonas o señales, que no siempre reaccionan a la motivación. Un ejemplo es el estrés sostenido; la falta de sueño, la presión constante y la preocupación alteran estos equilibrios de forma silenciosa: moléculas, señales y acciones celulares.
Cuando el estrés se vuelve crónico, el cuerpo entra en modo supervivencia, prioriza resistir, mantenerse alerta y ahorrar energía; en ese estado es común sentirse cansado todo el tiempo, tener más hambre, dormir mal o perder concentración y motivación. No es falta de carácter; por la biología sabia de la naturaleza, está ahí intentando protegernos.
Algo similar ocurre con el descanso: Dormir poco o mal no solo produce cansancio, desordena señales internas que regulan el apetito, el estado de ánimo y la capacidad de tomar decisiones. Pedirle a alguien que “se controle” cuando vive así es como exigirle a un teléfono sin batería que siga funcionando sin cargarlo.
Incluso lo emocional tiene traducción física; el duelo, la ansiedad o la frustración prolongada no se quedan en la mente. Se expresan en el cuerpo: en tensión muscular, fatiga persistente, cambios de peso o dificultad para concentrarse. A veces el cuerpo se detiene antes que la persona, porque es la única forma que tiene de pedir una pausa, ayuda, auxilio o socorro. La fuerza de voluntad importa, pero no lo es todo; nos ayuda a iniciar cambios y a intentarlo de nuevo, pero no reemplaza al descanso, al tiempo ni al cuidado. Insistir en “aguantar un poco más” cuando el cuerpo ya está al límite suele terminar en enfermedad.
Tal vez necesitamos cambiar la pregunta; en lugar de insistir en por qué no podemos más, preguntarnos qué nos falta. No siempre es voluntad; a veces es sueño, a veces es tiempo. A veces es bajar el ritmo porque no todo se arregla con fuerza de voluntad; algunas cosas se arreglan cuando dejamos de exigirle al cuerpo lo que ya no puede dar y empezamos a escucharlo antes de que se canse de avisar.