bg_album_art-removebg-preview


El silencio cómodo de las tragedias

Desde la segunda guerra mundial, el mundo aprendió a mirar hacia otro lado. Las nuevas guerras se volvieron paisaje, los desplazados humanos números y las masacres simples notas que se borran cuando incomodan. Europa es la campeona en ese arte: condenar con palabras, administrar y beneficiarse del conflicto y no ensuciarse las manos. Ucrania es la prueba última de esa hipocresía afrancesada.

La Unión Europea nunca quiso detener la guerra; gestionarla sí para que no le costara demasiado. Más preocupada por el gas que por la sangre, actuó como quien observa un incendio desde la ventana esperando que se apague solo.

El elefante en la sala

Donald Trump entró al tablero como entra un elefante en cristalería. Incómodo, ruidoso y brutalmente directo. Cuestionó lo que nadie quería decir: ¿Quién paga esta guerra?, ¿Quién se beneficia de que continúe?, ¿Por qué Europa exige pagos que ella misma no asume?

Y de pronto, todos despertaron. Los mismos líderes que llevaban años beneficiándose de la guerra comenzaron a hablar de negociación, de una salida. No por convicción moral, sino porque Trump expuso una verdad incómoda: el orden internacional basado en discursos moralistas y cero responsabilidades, está agotado.

Trump no creó el caos, lo expuso

Europa acusa a Trump de querer reorganizar el mundo por bloques y alianzas. La acusación es cínica, lo dicen desde el bloque más grande, más cerrado y más burocrático del planeta. Cuando Europa se une, es “integración”. Cuando otros se alían, es “imperialismo”. Aliarse es un derecho. Siempre lo fue. Negarlo es puro impudor.

La izquierda y su antiimperialismo selectivo

En América Latina, la farsa es todavía más grotesca. La izquierda grita contra el “imperialismo norteamericano” mientras entrega puertos, minas, energía, petróleo, represas, bosques y telecomunicaciones a China y Rusia. Se llenan la boca de soberanía mientras hipotecan el subsuelo de Sudamérica.

El Foro de São Paulo es el mejor ejemplo de una alianza que habla de justicia social mientras protege a dictadores, persigue opositores y destruye economías. Hablan de resistencia, pero es corporativismo ideológico para delinquir.

China no viene a salvarnos, no invierte por solidaridad. Rusia no viene por altruismo. Vienen a extraer, controlar e influir. Ambos operan con lógica imperial clásica: control de recursos, influencia política y dependencia económica. No exigen democracia porque no la practican. No exigen transparencia porque negocian desde la opacidad, lo que a los gobiernos latinoamericanos de izquierda les encanta: menos preguntas, más dinero y poder. China y Rusia no prometen libertades: prometen el silencio que permite gobernar sin rendir cuentas.

El tablero y Ecuador

Ecuador no está para romanticismos geopolíticos. Estamos sitiados por el narcotráfico colombiano, peruano, mexicano y albanes; desbordados por una violencia que no respeta fronteras y atrapados en instituciones permeadas, infiltradas. En este contexto, una alianza estratégica con Estados Unidos no es ideología: es supervivencia. Es cooperación real. Es pertenecer a un bloque donde todavía existen contrapesos, prensa libre y alternancia, con todos sus defectos. Decir que eso es “sumisión” mientras se aplaude la penetración china o rusa es un desfalco intelectual.

La ONU y el fracaso del multilateralismo moral

La ONU hace tiempo dejó de ser conciencia moral del mundo. Hoy es un club donde dictaduras y monarquías absolutas dictan lecciones de derechos humanos. Se preocupa más por equilibrios comerciales que por personas enterradas bajo los escombros. Que Trump proponga nuevas agrupaciones no es una amenaza: es el síntoma de un sistema que ya no sirve. Su obsesión por el equilibrio diplomático la ha vuelto irrelevante frente a los dramas reales.

Ya fuimos la Patria grande

Sudamérica paga hasta hoy el precio de su fragmentación. Fuimos la segunda potencia del mundo hasta 1.809, en que un traidor financiado por los ingleses empezó las guerras de “independencia” que nos convirtieron países pequeños, débiles, enfrentados, incapaces de coordinar seguridad, comercio o política exterior. Países invadidos por el narcotráfico, que sí se integró mejor que nuestros Estados. La violencia viaja libre, la cooperación no. El sueño de la “Patria Grande”, sin ética, ni instituciones y con la pobre moral de los políticos actuales que pregonan la utópica unidad, sería un colapso monumental.

El mundo ya eligió cambiar

Ecuador debe elegir su lugar y no seguir fingiendo neutralidad. En geopolítica, quedarse quieto también es una jugada y casi siempre la peor. La pregunta no es si Trump gusta o incómoda, él no inventó esta reconfiguración, pero la acelera.



Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *