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En Quito, el debate sobre movilidad volvió a encenderse con fuerza a partir de una idea que, aunque todavía no es una decisión tomada, ya genera tensiones visibles: la posibilidad de aplicar peajes urbanos.

El planteamiento aparece dentro del Plan Maestro de Movilidad Sostenible 2022–2042 y contempla, entre varios escenarios técnicos, un mecanismo de cobro por circulación vehicular en zonas de alta congestión, particularmente en el entorno del parque La Carolina.

Por ahora, se trata de una posibilidad en fase de planificación, no de una medida aprobada ni de aplicación inmediata. Sin embargo, su sola mención ha provocado rechazo, especialmente entre moradores del sector.

La reacción no sorprende. Cualquier iniciativa que implique un nuevo pago asociado al uso del automóvil toca una sensibilidad evidente en una ciudad donde la movilidad ya es un problema cotidiano y donde la confianza ciudadana en las decisiones municipales suele ser frágil.

Según los documentos técnicos del Plan, el esquema estima valores referenciales para un eventual cobro: los vehículos particulares pagarían 0,40 dólares por cada kilómetro recorrido, mientras que los vehículos de carga pesada asumirían 1,50 dólares por kilómetro, si el Municipio decidiera implementar el mecanismo.

El sistema se apoyaría en la denominada “tercera placa”, un dispositivo tecnológico similar al utilizado en infraestructuras como el Túnel Guayasamín, que permitiría un control automatizado del tránsito y del pago.

Desde una perspectiva técnica, la lógica no es nueva. Los peajes urbanos o cobros por congestión existen en varias ciudades de América y Europa, sobre todo en hipercentros y centros históricos saturados de vehículos. El objetivo central no es la recaudación en sí misma, sino desincentivar el uso del automóvil privado en zonas críticas, reducir la congestión y mejorar la calidad del aire. En muchos casos, los recursos obtenidos se reinvierten en movilidad, especialmente en transporte público y sistemas alternativos.

Aquí surge la pregunta de fondo para Quito: si esta medida llegara a aplicarse, ¿cuál sería el destino de los recursos recaudados? La respuesta no es menor. Destinarlos al fortalecimiento del transporte público parece la opción más coherente con el discurso de movilidad sostenible. Reducir la presión vehicular implica ofrecer alternativas eficientes, seguras y confiables. Sin ellas, cualquier peaje corre el riesgo de convertirse en un castigo económico sin salida real para el ciudadano.

El problema es conocido. Quito no goza de una reputación sólida en materia de transporte público, con una excepción clara: el Metro. Fuera de ese sistema, buses y otros servicios enfrentan críticas constantes por frecuencia, calidad y planificación. En ese contexto, pedirle al ciudadano que pague por circular y, al mismo tiempo, que deje el auto sin contar con alternativas convincentes, es una ecuación difícil de sostener.

La alternativa opuesta —destinar los recursos para incentivar el uso del transporte privado o ampliar infraestructura vial— carece de respaldo técnico. Más vehículos implican mayor demanda de vías y, si la infraestructura no crece al mismo ritmo, el resultado es una saturación aún mayor. Las ciudades que han seguido ese camino suelen quedar atrapadas en un círculo vicioso de congestión permanente.

A estas dudas se suma una preocupación recurrente: la transparencia. La desconfianza ciudadana sobre el uso de los recursos públicos es un factor que no puede ignorarse.

Sin claridad sobre el destino del dinero, cualquier peaje urbano corre el riesgo de ser percibido como una carga adicional y no como una herramienta de ordenamiento.

El caso de La Carolina es simbólico. Se trata de una zona neurálgica, con alta concentración de oficinas, comercios y espacios recreativos.

Pensar en un peaje allí no es solo una decisión de tránsito: es una declaración sobre el modelo de ciudad que se quiere construir. Una ciudad con menos autos y más transporte colectivo, o una donde moverse dependa cada vez más de la capacidad de pago.

El debate recién comienza, pero deja una lección clara. Las políticas de movilidad no pueden imponerse únicamente desde el escritorio técnico ni desde la urgencia política. Requieren diálogo, pedagogía y coherencia entre discurso y ejecución. Quito necesita discutir con seriedad qué modelo de ciudad quiere para las próximas décadas, no solo cómo aliviar problemas coyunturales.

El peaje urbano en La Carolina sigue siendo un proyecto, una posibilidad dentro de un plan de largo plazo. Pero su sola aparición en la conversación pública funciona como una alerta: obliga a pensar cómo se planifica la ciudad del futuro y si las decisiones de hoy están realmente orientadas a mejorar la calidad de vida de quienes la habitan.



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