Empezaba el siglo XXI, David Hockney (Reino Unido, 1937), al volante de vehículos de alta gama –alguna vez pintó en algunos de ellos–, se deslizaba a través de las carreteras lenta, pausadamente, de acuerdo con los centelleos que emanaban de su exuberenate fantasía. Estos autos, preparados para sus aventuras artísticas, incorporaban hasta 11 cámaras fotográficas, integrando una pantalla con la que secuestraba fragmentos de paisajes.
Los críticos tradicionalistas no podrán explicar el regocijo que a su paso dejaba el todoterreno del artista, al ver la sucesión ininterrumpida de paisajes y ese transporte extraño, conducido por algún orate cuyo delirio era regalar porciones de naturaleza a su paso. Las 22 rejillas reproducían una multivariedad de paisajes, pero era uno solo: es el conjuro del arte.
La “poesía muda” de Hockney
Terminaba una exposición del genio Leonardo da Vinci y centenares de personas de todas las edades esperaban con ansia la obra de David Hockney, el sucesor en fama y fortuna de Lucian Freud.
¿Qué esperaban de él? ¿Los cuadros que había cautivado con su iPad? Mucho más que su obra anterior inscrita en el arte pop, aquello que anunció como sus recientes “travesuras”.
Corría el segundo decenio de este siglo. La institución organizadora era la Real Academia de Artes. La muestra obtuvo elogiosos comentarios y consolidaron la obra de uno de los grandes artistas visuales de los últimos decenios.
Hockney, a sus 88 años, asido a su silla de ruedas, sigue buceando en las aguas torrentosas de los avances de la tecnología que a muchos agobia y paraliza. En El mundo según David Hockney se vislumbra que la sinestesia que se le atribuye es una invención. (Sinestesia: ver colores al escuchar música o viceversa).
Lo que sí padece Hockney es de sordera absoluta, que la considera una ventaja: “¿Pará qué escuchar más tanta basura reciclada”… “Solo el ahora es eterno, vívanlo”, alertó alguna vez.
A los 16 años dejó la iglesia metodista porque “le causaba pavor tanta mentira”. Panteísta confeso, el mundo natural es su religión. Sintiendo aún el frío de su país, al llegar a California y sentir el sol canicular, declaró que ese sería su paraíso.
Hockney pinta contra el karma de la desesperanza que somete a nuestro tiempo. Y sí, sus cuadros, mirados en papel y a través de los medios tecnológicos, transmiten vida y dibujan una sonrisa de emotiva alegría.
Retrato de un artista (piscina con dos figuras). Agua limpia y sosiego. Cielo, montañas, valles y una luz –radiante y jubilosa– recubriéndolos como en un lance amoroso. Los trazos del cómic y de la publicidad, propios del arte pop, delinean un halo que permite reconocer a un nuevo compañero de Hockney vestido y de pie –ha llevado sin reservas su orientación sexual– y el nadador de espaldas es él, escabullendo su rostro en el agua. Se le atribuyen numerosas parejas, solo él sabe la verdad.
Sinuosas y acariciantes líneas traman una suerte de red alrededor del artista. Son las líneas tensas del amor que fluyen y atrapan. Vienen, pero más pronto que el vuelo de un pájaro, se van. Jovial y perspicaz, crítico contumaz de sí mismo, ha ido hilvanando una vida de éxitos con una incesante búsqueda de la vida y del arte.
¿Qué ha pintado David Hockney? Retratos y paisajes, dos temáticas canceladas desde la segunda mitad del siglo XX, período en el cual fundó su prolífica obra. Cree que el rostro es el centro por donde se exploran las interioridades del ser.
Max Picard (Alemania, 1888-Suiza, 1965), filósofo redescubierto, en El rostro humano, sustenta que el rostro es la identidad de las personas, que otorga crédito ante los demás, que es la fuente donde se juntan cuerpo y espíritu. Por allí trató Hockney de adentrarse en la esencia de los personajes. Mientras más conocidos eran sus modelos –presentes o imaginados–, más satisfacción le provocaba al artista concluirlos. Desde retratos a lápiz hasta collages resueltos con fotografías al estilo de Picasso: acopio de enfoques que abre un abanico de criterios, Hockney ha plasmado centenares de retratos.
Inmensos. Cada vez más grandes, sus paisajes carecen de formato porque desbordan los límites que los contiene. Son territorios trasladados desde los lugares donde el artista los aprehendió, aunque nunca se satisface con los que exhibe: no son los que están en la naturaleza que él rastreó ni los que habitan en su alma.
Por eso alborozan y avasallan, enardecen y abruman. La culpa es nuestra, no del excéntrico artista que pinta para derrotar la desesperanza o –para decirlo con el nombre con que tituló un texto a dos manos con su compañero Martin Gayford– para convencernos de que No se puede detener la primavera.