La presentación de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl, el 8 de febrero de 2026, en Santa Clara, no puede leerse solo desde la música. Reducir ese momento a gustos personales —al reguetón, a los arreglos sonoros o a la afinidad generacional— es quedarse en la superficie.
Lo que ocurrió esa noche fue, ante todo, un acto cultural con un peso simbólico que desbordó el espectáculo.
El llamado Conejo Malo no llegó al escenario más visto de Estados Unidos para agradar a todos. Llegó para decir algo. Y lo hizo mayoritariamente en español, con un medley de varias canciones y mensajes proyectados que apelaban a la dignidad y a la esperanza: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”; “Si estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí… tú también deberías creer en ti”. No fueron consignas vacías. Fueron guiños directos a millones que crecieron entre acentos, oficios invisibles y trayectorias marcadas por el esfuerzo.
El impacto no se explica solo por la fama de Benito Antonio Martínez Ocasio. Se explica porque su narrativa conectó con recuerdos compartidos: la infancia que transcurre entre celebraciones familiares; los cortes de luz o apagones que forman parte de la memoria en muchos países de la región; la idea del trabajo constante como promesa de futuro. Incluso quienes no se identifican con su música encontraron algo reconocible en esas imágenes. El show activó una memoria colectiva que trasciende géneros musicales.
Por eso, el espectáculo se convirtió en un movimiento cultural efímero dentro de un evento históricamente anglosajón. El Super Bowl ha sido, durante décadas, una vitrina del poder cultural estadounidense. Esta vez, esa vitrina fue ocupada por otra identidad: la latina, diversa, híbrida, ya profundamente incrustada en el tejido social del país. No fue una irrupción ajena, sino la expresión de una realidad que existe desde hace años.
La incomodidad que generó el show —incluida la crítica del presidente Donald Trump— expuso ese choque de imaginarios. Trump cuestionó el espectáculo; la reacción evidenció una distancia cultural frente a un mensaje que no forma parte de su mapa simbólico. Pero Estados Unidos ya no es un relato único. Es un mosaico de lenguas, historias y migraciones que no se borran con discursos de fuerza.
Este episodio también admite una lectura geopolítica. Durante décadas, Hollywood y la industria del entretenimiento funcionaron como herramientas del llamado poder suave: exportar valores, estilos de vida y aspiraciones. Hoy, ese poder parece desplazado por formas más directas de autoridad. En ese contexto, lo de Bad Bunny operó como una respuesta cultural a esa lógica: una afirmación identitaria frente a la imposición.
No se trató de provocar por provocar. Se trató de ocupar un espacio que históricamente no estaba pensado para esa voz. La música fue el pretexto; el mensaje fue otro. Para muchos, fue un quiebre simbólico en California: no por violencia, sino por visibilidad. Una grieta cultural que dejó pasar una realidad que siempre estuvo allí.
El miedo no es a Bad Bunny. El miedo es a aceptar que esa cultura también es Estados Unidos. Que lo latino no es un apéndice, sino parte del cuerpo. Que la diversidad no es una concesión, sino un hecho. El problema no es la música del artista puertorriqueño; el problema es resistirse a un país que ya cambió.
El show de medio tiempo no resolvió debates migratorios ni cerró heridas históricas. Pero sí dejó una marca: recordó que la identidad se construye también desde el escenario, desde el idioma y desde las historias mínimas. Y que, a veces, una presentación musical puede decir más sobre una sociedad que muchos discursos políticos.
Esa noche, Latinoamérica habló en uno de los templos del entretenimiento global. No pidió permiso. Simplemente estuvo allí.
Más allá del gusto musical, el show de Bad Bunny confirmó que la cultura latina dejó de pedir espacio para empezar a ocuparlo. Y esa ocupación simbólica —visible, masiva y en español— explica tanto las adhesiones como las resistencias que despertó.