Carta a la primera Dama, Sra. Lavinia Valbonesi de Noboa, Primera Dama del Ecuador
Me dirijo a usted con profundo respeto y con esperanza en su sensibilidad y compromiso social, especialmente por su labor con madres ecuatorianas. Mi nombre es María Belén Terán Sempertegui, soy madre soltera, nacida en Cuenca y actualmente residente en Manglaralto, provincia de Santa Elena.
Hoy me atrevo a escribirle porque he vivido una experiencia muy dura con mi hijo y siento la necesidad de alzar la voz, no solo por él, sino por todas las madres que no pueden hacerlo. Antes que nada, quiero comenzar expresando mi profunda gratitud.
Durante los días en que mi hijo estuvo hospitalizado, recibimos una atención muy humana por parte de los médicos, enfermeras y personal del hospital. Son personas de buen corazón, que hacen lo que pueden con lo poco que tienen. Sin embargo, la realidad es que no cuentan con los recursos ni con la capacitación adecuada para atender muchos de los casos que llegan.
Mi hijo recibió medicamentos incorrectos —incluso algunos destinados para adultos— y su estado empeoró cada día más. Al ver que no mejoraba y que su salud se deterioraba, me vi obligada a regresar a la ciudad para buscar atención médica adecuada y asegurar que recibiera el tratamiento correcto. Yo tuve los medios para hacerlo, pero la mayoría de los pacientes de esta zona no los tienen.
Los más necesitados del país, las familias humildes que confían en este hospital porque no tienen otra opción, quedan a merced de un sistema colapsado, sin recursos, sin medicamentos y sin esperanza. Eso es lo que más me duele: saber que muchos niños, madres y ancianos siguen allí, sin la posibilidad de escapar ni de recibir una atención digna.
Esa experiencia me dejó una enorme preocupación. Porque más allá del esfuerzo del personal, el sistema les ha fallado. Les ha dejado solos, sin herramientas, sin insumos, sin supervisión ni formación continua. Y quienes pagamos las consecuencias somos los pacientes, especialmente los más vulnerables. La situación del hospital es crítica, peligrosa y absolutamente indigna. No se trata de un lugar que necesite solo “una manito de pintura”. Es mucho más grave que eso. Las instalaciones están completamente deterioradas. No hay duchas funcionales: de las regaderas solo sale un chorro débil de agua. El suelo está cubierto de humedad y hongos, las paredes están dañadas y manchadas con fluidos corporales secos —algo inconcebible en un centro de salud. Los inodoros están rotos y oxidados; el óxido se ve incluso en las cañerías y lavamanos.
En muchas habitaciones hay hongo negro creciendo desde las ventanas y paredes, un hongo altamente dañino para las vías respiratorias. Mi hijo fue hospitalizado por una bronconeumonía, y estar en un cuarto con ese tipo de contaminación fue aterrador. ¿Cómo puede ser que en un hospital donde se atienden enfermedades respiratorias haya paredes cubiertas de moho negro?
Además, las paredes no están pintadas con pintura lavable tipo látex sanitario, como debería exigirse en todos los hospitales. No se pueden limpiar correctamente, lo que agrava la propagación de bacterias y hongos. Esto no es solo una cuestión estética: es un problema de salud pública grave.
A toda esta realidad se suma algo aún más doloroso: nunca hay comida para los pacientes. Durante toda nuestra estadía no se sirvió ni un solo plato de alimento. Los enfermos permanecen sin comer, débiles, sin energía para recuperarse. Un día, gracias a la generosidad de miembros de una iglesia local, se repartió un pan con agua caliente. Fue lo único que muchos pacientes recibieron ese día. No se puede sanar con el estómago vacío.
Yo tuve la suerte de poder comprar los medicamentos que faltaban, llevar comida y cubrir las necesidades básicas. Pero ¿qué pasa con las personas que no tienen esa posibilidad? ¿Qué pasa con los ancianos, los niños o las personas solas que dependen completamente del hospital para sobrevivir? Y algo más que no puedo dejar de mencionar:
esta zona costera es uno de los motores turísticos más importantes del Ecuador. Cada año miles de visitantes nacionales y extranjeros llegan a Manglaralto, Montañita, Olón y las comunidades vecinas. Es una región que muestra al mundo la belleza y calidez de nuestro país.
¡Qué vergüenza que el único hospital de la zona esté en estas condiciones! ¿Qué imagen estamos proyectando del Ecuador cuando un turista enferma o sufre un accidente y tiene que ser atendido en un lugar que parece abandonado? No solo es una falta de respeto hacia nuestros propios ciudadanos, sino también hacia quienes vienen de fuera y confían en nosotros. Señora Valbonesi, usted conoce esta zona. Por eso le hago un llamado urgente y desde el alma: Visite personalmente el hospital. No para un acto protocolario ni una fotografía, sino para ver la realidad como es. Entre a los cuartos, observe los baños, mire las paredes.
Respire ese aire húmedo y vea con sus propios ojos el estado en el que se encuentran las instalaciones. No se trata de limpiar o disimular; se trata de reconstruir con dignidad un lugar que debe cuidar la vida, no ponerla en riesgo. El pueblo no pide lujos: pide condiciones humanas. Pide un hospital donde se pueda sanar sin miedo, donde los pacientes no tengan que pasar hambre ni dormir rodeados de hongos y óxido. Le agradezco profundamente por tomarse el tiempo de leer estas palabras.
No son una queja: son un llamado urgente desde el corazón de una madre que vio sufrir a su hijo en un hospital enfermo, y que solo desea que nadie más tenga que pasar por lo mismo.
Con respeto y esperanza,
María Belén Terán Sempertegui
Las enormes contradicciones que nos ofrece la vida
Resulta sorprendente observar en el día a día las enormes contradicciones que nos ofrece la vida, por un lado, momentos de enorme felicidad y por otro lo contrario, porque así es la humanidad con comportamientos buenos y positivos o actitudes negativas de pesimismo y descontento.
Escuchamos y vemos las noticias que diariamente nos llegan, tanto nacionales como internacionales y en su mayoría muy nefastas, especialmente en nuestro país, sobre la ola de violencia que nos azota, infinidad de crímenes y ataques a personas a plena luz del día, sembrando un clima de miedo y nerviosismo, terribles inundaciones y deslaves por la fuerza de los aguaceros, los siniestros de tránsito y bueno todas las calamidades que a diario se presentan, pero, por otro lado, tenemos las buenas noticias, especialmente en esta época de feriados y días de descanso, que nos enriquecen con la información que se nos transmite sobre bellos lugares para visitar en la Sierra, la Costa, el Oriente y las Islas Galápagos, pues vemos y observamos los festejos por los aniversarios de fundación de nuestras ciudades, sus desfiles, sus eventos artísticos, la diversidad de la comida y realmente nos enorgullecemos de nuestra nacionalidad.
Cuál debería ser el punto intermedio para nivelar esas dos situaciones y permanecer con algún sentimiento de optimismo y de fe por un mejor futuro para nuestro país, pues merecemos ya algo de tranquilidad y de sosiego, tratando de contribuir en lo que sea posible para apaciguar esos ánimos tan exaltados que ahora se presentan, especialmente por acercarse ya las votaciones para la consulta popular, entre quienes ven positiva la gestión del gobierno y advierten que las preguntas planteadas saldrán favorablemente con el sí y quienes obstinadamente son agoreros de que el no saldrá adelante, cuando lo que procedería es dejar atrás fanatismos y rivalidades políticas, analizar con sensatez y serenidad cada una de las preguntas y ahí si poder pronunciarse en una u otra alternativa.
La única manera de salir adelante en la vida es no dejarnos contagiar y afectar por la predominancia de esas noticias negativas y concentrarnos más bien en buscar y apreciar todo lo que sea positivo y tratar de guiarnos por el sendero que nos lleve a lugares apacibles de paz y serenidad y que sintamos ese ambiente de tranquilidad y de armonía que tanto necesitamos.
Estas reflexiones me traen al recuerdo esos versos de ese gran poeta ecuatoriano de nombre Ernesto Noboa y Caamaño en su poesía Emoción Vesperal, que en su primera estrofa dice:
“Hay tardes en las que uno desearía embarcarse y partir sin rumbo cierto, y, silenciosamente, de algún puerto, irse alejando mientras muere el día”
Hernán Patricio Orcés Salvador