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La interculturalidad en el Ecuador es un tema pendiente, no solo en el ámbito académico, sino histórico, jurídico, político, ambiental, económico, cultural y social.

Para su estudio se debe partir del carácter biodiverso de nuestra naturaleza, donde humanos, plantas, animales comparten la misma matriz, que ha dado pie a considerar la identidad y la diversidad como esencia de la cultura andina, junto con sus cosmovisiones, costumbres, tradiciones y dialectos, e inclusive sus propias culturas, articuladas a un solo proyecto: la nación ecuatoriana.

La riqueza natural y humana del Ecuador constituye el contenido de la interculturalidad reconocido por la Constitución de 2008, y por otras leyes subalternas como las de educación y cultura, que han generado espacios en la educación, la medicina y justicia indígenas.

Por décadas se ha considerado a la interculturalidad como una cuestión exclusiva de los indígenas y la recuperación de sus ámbitos, supuestamente perdidos a raíz de la conquista española. En la práctica, el país no ha podido superar los estigmas del coloniaje, y tampoco los resentimientos que, en ocasiones, afloran no solo en los discursos sino en los comportamientos.

En este sentido, vale la pena expresar que la interculturalidad alude a todos los ciudadanos del Ecuador, y no únicamente a los indígenas. Si bien hay avances en el ámbito jurídico-constitucional, y también en lo pedagógico, no se ha logrado consolidar un sólido proyecto nacional intercultural.

El sistema educativo es intercultural. Este carácter otorga a toda la educación –y no solo a la rural- una característica clave, que se debe profundizar: la identidad y la diversidad, como parte esencial de nuestra cultura mestiza.

Las políticas educativas públicas deben recuperar lo realizado, y potenciar una nueva estrategia para que la educación intercultural sea un eje no solo del currículo de los estudiantes, sino del currículo de formación de todos los profesores.

No es posible que la educación intercultural sea concebida y practicada como un “tipo” de educación indígena, mientras la otra educación -la de los mestizos- sea calificada -peyorativamente- como la de los “hispanos”.

Seccionar al sistema educativo ecuatoriano en hispano y bilingüe no solo es ambiguo y anacrónico, sino atentatorio a una verdadera concepción intercultural o mestiza. Este es un concepto restrictivo y reduccionista, porque la educación intercultural “cruza” todo el sistema. ¡Esta segregación es inaceptable!

En conclusión, la interculturalidad debe reconocer las distintas identidades culturales, y optar por la integración real del país, y que las actuales parcelas -educación, medicina y justicia- sean redefinidas y den paso a instituciones que garanticen en la práctica los derechos y obligaciones, y no solo en los enunciados en función de la promoción de la cultura mestiza.



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