Pocos actos son tan reservados y personales y, a la vez, tan colectivos, como entrar a un recinto electoral para ejercer el derecho al sufragio. Nadie nos observa la mano al marcar la papeleta, pero todos vivimos las consecuencias de ese pequeño pero trascendental trazo. En segundos decidimos algo que luego soportaremos durante años. Por eso, cada votación es un examen de conciencia: ¿estamos votando como hinchas o como ciudadanos pensantes?
Como sociedad, solemos reducir la democracia al momento de contar los votos. Celebramos la fiesta democrática envuelta en ritos, tales como salir de casa a votar pensando dónde estacionar y esperando que no haya mucha gente, charlas y sobremesas políticas, ver entrevistas, noticias y reportajes periodísticos y, al final del día, lo más esperado: el pronunciamiento oficial de los resultados, pero descuidamos el fondo. Elegimos indignados, cansados o deslumbrados por promesas – algunas imposibles – y después nos resignamos a repetir el estribillo de siempre: “todos son iguales”. Sin embargo, si todos fueran iguales, nuestras decisiones también lo serían. Y no es cierto. Un país no cambia de la noche a la mañana, pero sí se desordena o se encamina según la suma de millones de decisiones individuales.
El voto responsable no empieza en la fila de la urna, sino mucho antes. Inicia cuando nos informamos más allá de los titulares y los videos virales, cuando contrastamos datos, cuando desconfiamos de las soluciones mágicas. Comienza cuando dejamos de preguntar “qué hay para mí” y pensamos “qué es lo mejor para el país, incluso si a mí no me favorece”. Esa madurez cívica es incómoda, pero es la que diferencia a una sociedad que cree y crece de una que solo sobrevive.
También tenemos deberes fuera de la jornada electoral. Ser mejores ciudadanos no consiste únicamente en votar “bien”, sino en practicar y exigirnos cada día la coherencia que pedimos a los gobernantes. La cultura política de un país se practica en la casa, en la calle, en la oficina, mucho antes que en el palacio de Carondelet.
Una sociedad madura se sostiene sobre tres pilares, sencillos y difíciles a la vez: memoria, responsabilidad y paciencia. Memoria para no olvidar quién hizo o qué prometió más allá de la propaganda y del discurso, ya que los hechos hablan más que las palabras; responsabilidad para asumir que nuestros votos también tienen consecuencias; paciencia para entender que las reformas profundas tardan, incluso más que un período de gobierno.
¿Y qué corresponde a quienes gobiernan? Su primera tarea es tener presente con humildad que, el poder – efímero y temporal – no es un privilegio ni un pedestal, sino un encargo de honor y alta responsabilidad. Gobernar es administrar el conflicto, no negarlo; es escuchar al que discrepa, no silenciarlo. Les corresponde planificar más allá del próximo proceso electoral, construir instituciones que no dependan del carisma de una sola persona, rendir cuentas con transparencia, decir siempre la verdad y asumir errores sin culpar a los antecesores o a los desertores.
A la ciudadanía le corresponde algo igual de difícil: dejar de buscar salvadores y empezar a exigir instituciones. Un país avanza cuando el respeto a la ley pesa más que el apellido de turno; cuando premiamos la decencia, aunque sea menos ruidosa y genere menos likes que el espectáculo.
Participar no es solo marchar o reclamar en redes sociales. Es involucrarse en los asuntos comunes: apoyar causas legítimas, vigilar la gestión pública, escuchar al que piensa distinto sin descalificarlo de inmediato. La democracia se fortalece cuando convertimos el desacuerdo en debate y el malestar en propuesta, no cuando agotamos la energía en insultos y descalificaciones.
Votar no es decidir por lo menos malo, sino pronunciarse por la tesis que, con sus límites, mejor se ajusta al país que queremos tener. Nuestro rol no termina con la papeleta doblada; continúa ahí… Cada vez que vamos a las urnas definimos, si seguimos repitiendo la historia o si nos atrevemos, por fin, a escribir una mejor.