El Ecuador volvió a pronunciarse este 16 de noviembre de 2025. Las urnas se cerraron entre filas ordenadas, presencia de observadores y resguardo militar y policial. No es un detalle menor. En tiempos de incertidumbre regional, una jornada electoral sin sobresaltos es, por sí misma, una declaración de madurez democrática. Y, sin embargo, el verdadero valor de este día no está solo en la logística adecuada, sino en el acto íntimo y colectivo de votar: ese momento en el que un ciudadano, solo frente a su papeleta, afirma que el destino del país le pertenece.
Defender ese acto es más urgente que nunca. El voto obligatorio entre 18 y 64 años, el voto facultativo de jóvenes y mayores, las urnas abiertas dentro y fuera del país y el más del 80% de participación reportada por el CNE hablan de una ciudadanía que entiende algo esencial: la democracia solo funciona si el pueblo se pronuncia. Lo importante es que el ciudadano ejerza su derecho con convicción, porque cada papeleta es un ladrillo que sostiene la arquitectura republicana.
‘La democracia no se mide por la habilidad de ganar, sino por la capacidad de aceptar los desenlaces’.
Una consulta popular y un referendo tienen un valor cívico particular. En ellos, la ciudadanía decide sobre el rumbo del Estado: sobre principios, modelos de convivencia, estructuras institucionales. No se trata solo de elegir autoridades, sino de intervenir directamente en el alma del país. En estas votaciones, se pregunta al pueblo qué tipo de nación quiere ser. Por eso, acudir a las urnas no es un trámite: es un ejercicio de soberanía.
La jornada de este domingo lo demostró. Más de 86 000 delegados de organizaciones políticas, 975 observadores nacionales e internacionales, y miles de miembros de las Fuerzas Armadas y la Policía vigilaron un proceso que concluyó en calma, incluso en zonas con denuncias de intento de fraude o detonaciones aisladas. El mensaje es claro: la democracia funciona cuando la ciudadanía participa y las instituciones responden.
Pero la segunda mitad de este proceso es igual de importante. Si el pueblo habla a través de las urnas, el Gobierno debe escuchar. La democracia no se mide por la habilidad de ganar, sino por la capacidad de aceptar los desenlaces.
Hoy, Ecuador ha demostrado que puede pronunciarse en paz. La democracia no termina en las urnas a las 17:00: comienza allí. Y se fortalece cuando todas las instancias del país asumen los resultados.