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Cuando el gobierno iba más confiado, más acelerado, más ensimismado, ha tenido una colisión con la realidad y se ha descubierto a sí mismo sin los instrumentos para gobernar. El infeliz vocablo que ha utilizado para referirse a las leyes retiradas por la Corte Constitucional y las reformas que quería introducir, tiene dos acepciones.

La primera alude a un objeto fabricado para realizar alguna actividad y la segunda a una cosa o persona de que alguien se sirve para conseguir un fin; ninguna se acomoda bien a la relación entre los poderes del Estado y la interacción del gobierno con la sociedad.

Inadvertidamente, el gobierno se pintó a sí mismo como un equipo arrogante que estaba utilizando como instrumentos de poder las instituciones, el discurso, las leyes y la consulta popular. Siempre ha sido un peligro ofrecer al pueblo la posibilidad de aprobar o censurar al gobierno.  

El discurso oficial estaba plagado de inconsistencias. Es contradictorio proponer, en la misma consulta, reformar la Constitución y cambiar la Constitución. Tampoco tiene sindéresis plantear la eliminación de los aportes del Estado a los partidos políticos, pero manteniendo el financiamiento de las campañas electorales.

El país le ha bajado al gobierno de su pedestal, ¿por qué? Hay muchas respuestas: la eliminación de los subsidios, el fracaso de la guerra contra la violencia, el desempleo y sus terribles consecuencias, el abuso del relato para esconder la realidad, las muestras de autoritarismo, la amenaza al sistema de salud del IESS y otras.

Es urgente ahora hacer el inventario de daños para el gobierno y medir su capacidad de recuperación. Tendrá que acertar en la determinación de las causas, deberá desmontar las amenazas a Baltra y al sistema de salud del IESS, presentar un plan concreto y convincente para los próximos tres años, formar un equipo de colaboradores capaz de cumplir esos objetivos y mostrar alguna obra.



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