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En el resultado del sufragio del 16 de noviembre, no ganó el correísmo ni se plebiscitó la Constitución de Montecristi. Lo que se expresó en las urnas fue algo más simple y a la vez más profundo: una ciudadanía que, reconociendo aciertos del gobierno, decidió ponerle un freno a cierto estilo de ejercer el poder.

Al parecer, el detonante de la Consulta no fue precisamente el ofrecimiento de campaña, sino la posterior y constante confrontación entre el oficialismo y la Corte Constitucional, institución con aciertos y fallas, como la tozudez jurídica en materia de seguridad. Pero que en la práctica la C.C. es, al momento, el contrapeso democrático necesario  del poder.

Pero, ¿cómo es posible que, ante preguntas sensatas del referéndum y de la consulta, la ciudadanía se haya pronunciado mayoritariamente por el No? Con un ausentismo – según datos preliminares y reportes de prensa – de alrededor del 20% del padrón electoral, y con un porcentaje de nulos y blancos  entre un 5% y 8%,  a grosso modo votaron por el No: a)  Los correístas, los sectores de izquierda  y parte del movimiento indígena.  b) Y, en principio, también por el No, los ambientalistas y anticorreistas (independientes) que en su momento  dieron a Noboa el beneficio de la duda y que ahora miran con desconfianza al oficialismo (segmento oscilante que al final del día inclinó la balanza y constituyó el voto decidor). c) Y, por el Sí, los electores de Noboa, así como también anticorreistas y simpatizantes de la tendencia política que miran al oficialismo con una mezcla de recelo  y esperanza.

Ante el fuerte e inesperado resultado electoral, el oficialismo inicialmente no ha atinado a leer el mensaje, escondiendo su ego político herido en  palabras más palabras menos: “no es una derrota sino el cumplimiento del ofrecimiento de  campaña” “ no fue un no al presidente si no a las preguntas”. Lo cierto es que, no fue ni lo uno ni lo otro. El resultado no fue necesariamente un rechazo a  las preguntas, sino un No a un estilo presidencial que en poco tiempo ha comenzado a  inquietar.

Quizás el resultado fue fruto del cansancio (3 sufragios en lo que va del año) y del hartazgo. También de las poses, del estiramiento a la Constitución y del forzamiento de leyes económicas urgentes  – sin mayor debate y análisis – ante una  asamblea de mayoría operativa y poco reflexiva.

O quizás influyeron también  en el resultado  las respuestas esquivas, tardías o vacías a temas profundos tanto como sensibles, tales como, según se ha reportado en la prensa:  a) El ¿por qué de la presencia de un porsche cayenne del grupo Noboa en La Trinitaria minutos después del allanamiento de la vivienda del principal sospechoso (liberado poco después)  de la explosión de un vehículo en Guayaquil? b) La disminución sustancial de la deuda ante el SRI del mencionado grupo económico. c) La compra millonaria  de un conocido medio digital y de una importante radio de Guayaquil por parte de un asambleísta alterno de ADN, cuyo patrimonio declarado no justificaría semejante pago.  Lo cual, sumado  a la peculiar reacción ante la derrota, pudiera apuntar la falta de humildad y madurez política del régimen, lo cual  a su vez pudiera obstaculizar, entender y realizar  las necesarias rectificaciones. Sin perjuicio de la percepción de privilegios y permisividad en el entorno oficialista. Más allá de cómo terminen esas circunstancias, la duda ya habría causado daño.

Los ajustes en el equipo presidencial no son suficientes. Los cambios que se necesitan están en la esencia y no en la superficie, ya que el tema de fondo es recuperar la confianza, la credibilidad y la generación de resultados efectivos. Regular el cálculo del marketing digital, dejar el espectáculo y el porsche descapotable paseándose  por las calles polvorientas  de Olón para otra ocasión…

Lo dado tampoco debe interpretarse como una ruptura definitiva con el presidente, sino como un claro mensaje de exigencia ciudadana: a) Resultados efectivos en seguridad y en salud, principalmente. b) Más prudencia. c) Menos prepotencia. El mensaje es una alerta temprana: la gente pide hechos, pero no a cualquier precio, ya que existe la percepción que se juega al límite con las formas institucionales. La gente puede tolerar sacrificios si percibe coherencia y limpieza, pero lo que no perdona es la sensación de que le mueven la cancha para beneficio de intereses peculiares.

El país no resiste una pugna entre el ejecutivo y la C.C., ni un clima en que una crítica se interprete como traición. Se requiere diálogo democrático. Si se convierte  a la C.C. en enemigo interno, el costo lo paga la democracia, no solo el gobierno de turno.

Noboa aún tiene margen para corregir. Eso implica menos soberbia y escuchar más, marcar distancia clara frente a posibles conflictos de interés en su entorno económico y político. Gobernar no es liderar una campaña permanente, es construir acuerdos necesarios y duraderos en un país herido por la violencia desbordada y por una economía frágil. 

Parecería, sin embargo, que hay un círculo interno que aplaude todo, que vive en una burbuja. En toda pelea de gallos, el entorno del gallo principal es el que más lo confunde, inflándole el pecho, celebrando cada canto, y ocultando que el público está cambiando de ánimo. Carondelet ya no debe solamente escuchar a la propia gallada.

El  gallo alfa ha ido derribando a cada contrincante: Abad, Topic, al correísmo, a Aquiles Alvarez poniéndolo contra la pared, al paradigma del subsidio, al diésel, a la Conaie, y ahora pretendiendo a la cuestionada Corte Constitucional.  En esta pelea de gallos, el oficialismo, la oposición e incluso la Corte Constitucional se creen dueños del ruedo, pero el gallito que sí da pelea es otro: el ciudadano que, sin gritar, votó No para recordarles que el corral es suyo. Y que, si el gallo del poder se embriaga con su propio canto, la próxima vez puede terminar fuera del gallinero.



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