Cuando surge un conflicto, la reacción más común es buscar a alguien que decida por nosotros. Ir a juicio, demandar, defenderse, esperar una sentencia. Durante años hemos aprendido que la justicia consiste, principalmente, en trasladar el problema a un tercero que diga quién tiene razón. Sin embargo, legalmente existen otras formas de enfrentar un conflicto. En este artículo me referiré a dos de ellas: el juicio y la mediación. Detrás de esa diferencia jurídica hay, en realidad, dos formas muy distintas de entender cómo se resuelven los conflictos.
La mediación sigue siendo desconocida para una gran parte de la población. Muchas personas —incluso con formación académica— no saben con claridad qué es o cómo funciona. Otras la confunden con el arbitraje o creen que se trata de una conversación informal sin efectos legales. Pero este desconocimiento no es solo técnico. Es, sobre todo, una cuestión de mentalidad.
Cuando la justicia decide por nosotros
En un juicio, las partes se enfrentan y un juez toma la decisión final conforme a la ley. En muchos casos este camino es necesario y cumple un rol fundamental en la protección de derechos. Sin embargo, también suele ser un proceso largo, costoso y emocionalmente desgastante, que normalmente requiere el patrocinio de un abogado y el cumplimiento de formalidades estrictas.
En un proceso judicial, las personas pierden el control sobre el resultado y delegan la solución del conflicto a un tercero. El juez solo puede pronunciarse sobre aquello que fue planteado en la demanda, dentro de los límites del proceso. Sin embargo, en la práctica, los conflictos suelen ser más amplios: a medida que se dialoga, aparecen nuevos elementos, necesidades, preocupaciones y aspectos relacionales o prácticos que no siempre llegan al expediente. Con frecuencia, el conflicto se cierra formalmente en el juicio, pero no se resuelve de manera integral. El impacto permanece.
No se trata de cuestionar al sistema judicial, sino de reconocer que no todo conflicto necesita —ni puede— ser resuelto únicamente desde esa lógica.
La mediación propone una lógica distinta. Es un proceso voluntario en el que las personas en conflicto, acompañadas por un mediador imparcial, dialogan para construir una solución conjunta que surge de ellas mismas. El mediador no decide ni impone. Facilita la comunicación y ayuda a que las partes identifiquen intereses, necesidades y posibles acuerdos.
A diferencia del juicio, la mediación no exige obligatoriamente la intervención de un abogado. Las personas pueden participar directamente en el proceso y, si lo consideran necesario, acudir acompañadas de asesoría legal. Además, la mediación se desarrolla en un marco de confidencialidad, lo que permite dialogar con mayor apertura y honestidad.
Cuando se alcanza un acuerdo, este se recoge en un acta con fuerza legal, fuerza ejecutoria y efecto de cosa juzgada, lo que permite exigir su cumplimiento por las vías legales correspondientes. No se trata de un acuerdo informal, sino de una solución jurídica válida, construida por las propias partes.
A diferencia del juicio, en mediación las personas no entregan el conflicto: se hacen responsables de su resolución, abordándolo de manera más completa e integral.
Conviene aclararlo: la mediación no es arbitraje. En el arbitraje, las partes delegan la decisión a un árbitro o a un tribunal arbitral, conformado por uno o varios árbitros, que emite un laudo, una resolución obligatoria para las partes. En la mediación, en cambio, la decisión permanece siempre en manos de quienes viven el conflicto.
Más allá de los mecanismos: una cuestión de mentalidad
Hablar de mediación no es solo hablar de un procedimiento legal. Es hablar de cómo entendemos el conflicto y qué esperamos de la justicia. Si creemos que todo desacuerdo debe ser resuelto por otro, seguiremos acumulando procesos, sentencias y conflictos que no terminan de cerrarse.
Cambiar esta lógica implica promover una cultura de diálogo, donde las personas aprendan a conversar, a escuchar y a asumir responsabilidad por sus decisiones. Esa cultura no se construye únicamente en tribunales. Se empieza a formar mucho antes, incluso desde la infancia, en la manera en que enseñamos a gestionar desacuerdos y a convivir con la diferencia.
El Ecuador necesita repensar su relación con el conflicto. No para eliminarlo, sino para gestionarlo mejor y de forma más consciente.
El verdadero problema no es el conflicto, sino la mentalidad con la que creemos que debe resolverse.
Este será el primero de varios artículos dedicados a reflexionar sobre cómo enfrentamos nuestros desacuerdos y qué tipo de justicia estamos construyendo cuando decidimos —o no— ser parte de la solución.