En un estudio liderado por el Premio Nobel Joseph Stiglitz se advierte que el Ecuador tiene un nivel de desigualdad muy alto, solo superado por Brasil, Colombia y Panamá. Ella se manifiesta en los malos servicios de salud, educación, empleo, vivienda y exposición a riesgos ambientales. De pobreza sufren 3 de cada 10 ecuatorianos y el índice global de hambre es 10,9%, más que Perú, que registra 7,2%.
Debido a que la concentración del ingreso es grande, hay mayor inequidad. Por ejemplo, las provincias de Sucumbíos, Morona Santiago y Napo, que son ricas en recursos naturales, son pobres en infraestructura y servicios públicos, debido a que las empresas extractivas se enriquecen excluyendo a sus habitantes, que no tienen empleo adecuado.
El estudio advierte que las fuerzas estructurales de la desigualdad siguen operando, pues la tasa del empleo adecuado solo es 36,3%, de subempleo 18,7% y la informalidad casi el 50%. Una de las causas es la tributación inequitativa, pues las grandes empresas que tienen rentas muy altas pagan una tasa de impuesto a la renta menor que las personas. Entonces se deben aumentar las tasas del impuesto a la renta a las grandes ganancias. Más claro, imposible.
El Ecuador puede combatir la desigualdad con políticas deliberadas, justas y sostenibles, implantando mejores políticas en salud, educación, seguridad, como Uruguay y Costa Rica, que por eso gozan de estabilidad política. Para eso los gobernantes deben estar dispuestos a asumir los costos políticos de una transformación, porque sin dólares no se puede hacer nada para asegurar la estabilidad democrática del Ecuador. Esto no se cura con “bonomanías clientelares”