Durante décadas, las ceremonias de cine y televisión en Estados Unidos fueron algo más que vitrinas de glamour. Funcionaron como escenarios donde el arte incomodaba al poder y donde la industria cultural se permitía hablar de política, derechos civiles o conflictos internacionales. Por eso, lo ocurrido en los recientes los Globo de Oro no pasó desapercibido: el silencio político, casi absoluto desde el escenario, se convirtió en el rasgo más elocuente de la noche.
La historia de estas galas demuestra que no siempre fue así. En 1973, Marlon Brando rechazó el Oscar por ‘El Padrino’ y envió en su lugar a Sacheen Littlefeather para denunciar el trato y los estereotipos hacia los pueblos indígenas en Hollywood.
Décadas después, el movimiento #OscarsSoWhite expuso la falta de diversidad en la Academia y obligó a revisar criterios de membresía. En 2003, Michael Moore utilizó el escenario del Oscar para cuestionar la guerra de Iraq y al entonces presidente estadounidense.
Los Globos de Oro tampoco fueron ajenos a esa tradición. Los monólogos de Ricky Gervais marcaron una época por su tono confrontacional, al señalar la hipocresía política de las celebridades y el poder de las grandes corporaciones del entretenimiento y la tecnología. Aquellos discursos dividían opiniones, pero confirmaban que Hollywood asumía un rol activo como actor cultural y político.
En la edición de 2026, celebrada el 11 de enero, ese guion cambió. Actores y actrices hablaron de cine, televisión y streaming. Se celebraron procesos creativos, trayectorias y moda. No hubo menciones explícitas a conflictos internacionales, ni a líderes políticos, ni a crisis como la venezolana.
La política estuvo ausente del micrófono principal. Solo algunos gestos simbólicos —como broches utilizados por varias figuras para expresar rechazo a acciones de la ICE contra migrantes— recordaron que la realidad seguía presente, aunque desplazada a los márgenes.
Este silencio no parece casual. Coincide con la segunda administración de Donald Trump, caracterizada por la aplicación explícita de lo que la teoría política denomina poder duro: el uso del poder económico, coercitivo y militar para imponer reglas. A diferencia de su primer mandato, cuando Hollywood fue un foco permanente de crítica y un factor clave del poder suave estadounidense, hoy el escenario cultural parece más prudente, más contenido.
Durante décadas, Estados Unidos fue una fábrica de poder suave. El cine, la música, la televisión e incluso la gastronomía y demás valores culturales proyectaron al mundo aspiraciones y modelos de vida que otros países deseaban replicar. Hollywood no solo entretenía: persuadía.
Como han señalado diversos ensayistas —entre ellos el mexicano Nicolás Alvarado—, muchos países invierten en cultura porque entienden que allí también se construye influencia global.
Hoy, ese equilibrio parece haberse desplazado. El mensaje implícito es que la fuerza ya no necesita ser seducida. El poder duro se impone y el poder simbólico se repliega. En ese contexto, el silencio puede interpretarse como cautela, cálculo o incluso temor. No porque la industria haya dejado de tener opiniones, sino porque el costo de expresarlas parece haber aumentado.
Este nuevo clima ayuda a explicar otros silencios recientes. La captura de Nicolás Maduro, ocurrida pocos días antes de la gala, no fue mencionada desde el escenario ni para bien ni para mal; nada en favor del pueblo venezolano y la búsqueda de su democracia. Tampoco lo fue la muerte de una poeta durante un operativo de ICE. Los temas existieron, pero no fueron enunciados. La omisión se transformó en mensaje.
La incógnita ahora se traslada a las próximas ceremonias. Este domingo 1 de febrero de 2026 se celebrarán los Grammy Awards y, en marzo, llegarán los Premios Oscar. ¿Volverá Hollywood a incomodar desde el escenario o consolidará esta etapa de prudencia frente a un poder que ya no busca consenso cultural?
El silencio también comunica. ICE sigue persiguiendo migrantes, algunos de ellos niños.