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Este domingo 1 de febrero del 2026, los vecinos de La Comuna recordarán con una misa a los 29 fallecidos que dejó el aluvión del 31 de enero del 2022. Cuatro años no son suficientes para borrar de la memoria lo que ocurrió aquel día, cuando toneladas de tierra bajaron de las quebradas, sobre todo El Tejado, taponó un túnel y luego la tierra salió disparada “como un cañón”, recuerda XX Rodríguez, uno de los que estuvo en la cancha y sobrevivió a la estampida de agua y lodo.

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La memoria del aluvión que dejó 29 fallecidos

Sobre todo, queda la imagen de la tierra devastando la cancha de ecuavoley, en donde se encontraban varios de sus pobladores jugando o sentados en la tribuna techada viendo los partidos.

Son cuatro años y si bien la Comuna de Santa Clara de San Millán -tal es su nombre completo- recuerdan a sus fallecidos, La Comuna también ha mostrado su capacidad de seguir adelante, tal como ocurrió hace 51 años, cuando también sufrieron un aluvión, cuando las aguas de la lluvia desbordaron la quebrada de Pambachupa.

“Vivimos en una zona de riesgo. El riesgo es latente, porque no es que ha terminado. El aluvión no se acaba cuando pasa, se queda en la cabeza de la gente”, dice Gabriela Sigcha, expresidenta de La Comuna.

Ella recuerda el aluvión de 1975. Tenía cinco años, pero en su cabeza está impregnada la imagen de un hombre que abrazó a su auto -“creo que era nuevo”- y fue arrastrado por la lluvia. “Ahora, algunos vecinitos se quedan con la idea de que nos puede volver a pasar”.

Dos años después, en el 2024, hubo otro aluvión, menos grave, aunque dejó un fallecido.

La cancha de volei de La Comuna, el gran objetivo

Una de las imágenes que más circularon en su tiempo por redes sociales y medios de comunicación fue cómo el alud se fue sobre la cancha de volei. Arrasó la tribuna techada que tenían y arrastró a las personas que estuvieron allí.

Gonzalo Ramírez estuvo allí. Es uno de los sobrevivientes y afirma que aún se le eriza la piel cuando recuerda ese 31 de enero del 2022. “Pero hay que seguir adelante, a pesar de todas las tragedias”, dice.

Estábamos acá en la tribuna. De pronto escuchamos desde el túnel (de la calle José Berrutieta, debajo de la avenida Mariscal Sucre) un gran golpe. Pensamos que era un bus que se golpeó con el túnel. Luego, el lodo hizo que el túnel funcionara como una cañón y todo se hizo negro”, recuerda Ramírez.

Cuenta que corrió hacia las mallas laterales, pero se dejó llevar por la mayoría que decidió ir cuesta abajo. Se pudo refugiar un rato en una hondonada, pero finalmente el aluvión se lo llevó.

Él habla de sus amigos en presente. “Él vive al lado de mi casa”; “son mis amigos”, “es mi vecino”, cuando habla de los fallecidos. No usa el pasado. Y por eso, como un homenaje a los fallecidos, quiere que se recupere la cancha. “Si bien no es algo insignificante para la vida de nuestros amigos, es algo que dará realce a lo que fuimos”.

Una comunidad de gente trabajadora

Si ahora se camina por La Comuna y también La Gasca, el otro barrio afectado por el aluvión, parece haber recuperado la normalidad. Las calles están adoquinadas. Según el arquitecto Diego Hurtado, profesor de la Universidad Central y parte de un equipo que busca mejorar la zona que rodea la Universidad Central, los adoquines son necesarios porque son permeables, a diferencia del asfalto.

Sin embargo, Sigcha recuerda que cada tanto tienen que venir trabajadores municipales para arreglar las partes en donde los adoquines se levantan. Sin embargo, en esta zona de Quito funciona como una comunidad. Es un territorio ancestral, pero que recién en 1911, Eloy Alfaro lo erigió como una comuna con personería jurídica.

Hay calles que se arreglado con la ayuda de los 3 150 comuneros y una población total de casi 18 000 personas. “Damos entre uno y dos dólares cada uno”, dice Ramírez. Con esas ayudas, levantaron unos asientos y las baterías sanitarias de la cancha.

Además, Sigcha muestra la reciente Unidad de Policía Comunitaria que se remodeló con los aportes de los vecinos. Ahora, solo falta que la Policía lo equipe para que puedan tener una mayor seguridad.

Los planes para el futuro en La Comuna

Desde el Municipio aseguran que la quebrada del Tejado no está hoy en el mismo estado de vulnerabilidad que en 2022.

Sebastián Pillajo, director metropolitano de Recursos Naturales, explica que después de los aluviones de 2022 y 2024 se implementó un sistema integral que combina infraestructura, monitoreo permanente y trabajo comunitario.

“No solo es obra física. Es gestión de riesgos, conservación y sensibilización. Si no se trabaja todo junto, ninguna infraestructura es suficiente”, señala.

Entre las principales intervenciones están los disipadores de energía, muros de contención y mallas de retención de sólidos en la parte alta de la quebrada, además de limpiezas periódicas del cauce. Pillajo asegura que el sistema ya fue puesto a prueba.

En enero pasado, Quito registró la segunda lluvia más fuerte de los últimos 25 años y no se activaron alertas. “Eso nos demuestra que el sistema está funcionando”, afirma.

El funcionario agrega que La Comuna ya cuenta con un sistema de alerta temprana conectado con cámaras y sensores que miden el nivel del agua las 24 horas. Cuando se activa el nivel dos, se inicia el proceso de evacuación con los vecinos.

“El objetivo es que, si vuelve a ocurrir algo similar, no se pierda ninguna vida”, dice. Además, se ejecuta la última fase de obras, que incluye mallas ancladas a las paredes de la quebrada, diseñadas para contener deslizamientos y garantizar prevención por al menos 25 años.

Pero la planificación no se limita a la emergencia. Para el arquitecto Diego Hurtado, profesor de la Universidad Central, el futuro de La Comuna y La Gasca también pasa por repensar la forma en que la ciudad se relaciona con las quebradas y los espacios verdes.

Su equipo trabaja en un proyecto que busca integrar el campus universitario con los barrios vecinos mediante corredores verdes, suelos permeables y recuperación ambiental. “Las quebradas no deben verse como basureros ni fronteras. Bien manejadas pueden ser parques, sistemas naturales de drenaje y espacios de encuentro”, sostiene.

Hurtado plantea que el desafío es construir una ciudad más cercana y menos dependiente del automóvil, con centralidades barriales, más áreas verdes y espacios públicos activos.

“Si trabajamos barrio por barrio, con metas pequeñas pero constantes, se puede reducir el riesgo, mejorar la calidad de vida y recuperar la relación con el territorio”, dice.

Para La Comuna, cuatro años después del aluvión, el futuro se juega entre obras técnicas, memoria colectiva y una planificación urbana que no vuelva a darle la espalda a las quebradas.


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