bg_album_art-removebg-preview


La tarde-noche del 31 de enero de 2022, Quito quedó marcada por una herida que aún no termina de cerrar.

El aluvión que golpeó a La Gasca y a la Comuna de Santa Clara de San Millán dejó una lección brutal y difícil de asumir: la ciudad es más vulnerable de lo que muchas veces quiere admitir.

Veintinueve personas perdieron la vida. No fue solo una cifra. Fueron vecinos, amigos, historias compartidas, rutinas que se extinguieron en cuestión de minutos.

Cuatro años después, la memoria sigue viva en el territorio. En la cancha, en las quebradas, en los espacios que hoy funcionan como memorial, el recuerdo no se ha disipado. Un reciente recorrido de EL COMERCIO por la comuna de Santa Clara de San Millán permitió constatar que el dolor persiste, pero también el miedo.

Para muchos moradores, la lluvia dejó de ser un fenómeno cotidiano y se transformó en una señal de alerta. Cuando llueve fuerte, el trauma regresa. La posibilidad de que “vuelva a pasar” no es abstracta: se activa con cada aguacero.

Esa es, quizá, la lección más dura que dejó el aluvión: la conciencia de la fragilidad. No solo de las viviendas o de la infraestructura, sino de la vida misma cuando el entorno ha sido alterado sin planificación ni respeto por la naturaleza. El cambio climático, mencionado por los propios vecinos durante el recorrido, suma una capa de incertidumbre. Tal vez hoy el clima no parezca un problema, pero nadie puede asegurar que mañana no lo sea.

Otra enseñanza, no menos incómoda, es la forma en que las autoridades suelen actuar frente a estas tragedias. La reacción llega después, cuando el daño ya está hecho. La prevención, en cambio, no ha sido constante ni suficiente. Las quebradas siguen siendo puntos críticos, las laderas continúan presionadas por el crecimiento urbano y las alertas tempranas aún no se convierten en una política sostenida. La ciudad aprende, pero lo hace tarde.

A esta ecuación se suma una responsabilidad que también es ciudadana. El abuso de las quebradas como botaderos de escombros, la ocupación de zonas de riesgo y la destrucción de bosques protectores no son hechos aislados. Son prácticas reiteradas que incrementan la posibilidad de desastres.

El aluvión de 2022 no fue solo consecuencia de una lluvia intensa; fue el resultado de años de negligencia acumulada, pública y privada.

En Santa Clara de San Millán, los vecinos recuerdan con nitidez las imágenes que quedaron grabadas en la memoria colectiva: el lodo avanzando, la desesperación, la cancha convertida en escenario de rescate y tragedia. “Se me eriza la piel cuando me acuerdo”, dice uno de ellos. No es una frase retórica. Es la expresión de una comunidad que aún procesa lo ocurrido y que convive con la ansiedad que dejó aquella tarde.

La existencia de un espacio memorial es necesaria, pero insuficiente. Recordar no puede limitarse a un acto simbólico anual. La memoria debe traducirse en decisiones: planificación urbana responsable, protección efectiva de quebradas y bosques, controles reales y educación ciudadana. De lo contrario, el recuerdo corre el riesgo de vaciarse mientras las condiciones que provocaron la tragedia permanecen intactas.

Quito es una ciudad atravesada por quebradas. Son parte de su geografía y de su historia, pero también de su riesgo. Aprender a convivir con ellas requiere respeto, inversión y voluntad política sostenida. No basta con limpiar después del desastre ni con promesas que se diluyen con el tiempo.

Cuatro años después del aluvión de La Gasca y Santa Clara de San Millán, la pregunta sigue abierta: ¿qué tanto hemos aprendido? La respuesta no está solo en los informes técnicos ni en las obras ejecutadas, sino en la tranquilidad —o el miedo— con el que hoy viven quienes estuvieron allí. Mientras la lluvia siga despertando temor y la prevención siga siendo reactiva, la lección más importante seguirá pendiente.



Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *