Arrancamos cada periodo con una promesa, esta es, “ahora sí” vendrá el orden, la obra, la seguridad. Y, en efecto, algo se avanza. Pero, casi al mismo ritmo, se instala otra agenda menos visible pero inquietante, esto es, identificar, enfrentar y eliminar enemigos, cobrar cuentas, reiniciar al Estado, ganar el control de jueces, contralores y fiscales. Todo lo cual ocurre y se repite, generalmente, en cada inicio de gobierno, indistintamente de la bandera del partido de turno. ¿Por qué en Ecuador esa dinámica se repite, periodo tras periodo?
La lógica del trofeo: Cuando el Estado se entiende como trofeo – y no como institución – gobernar equivale a repartir y proteger – con celo – espacios de poder sobre el pedestal. En ese marco, el adversario no es un competidor, sino una amenaza a la permanencia del grupo sobre el podio. Por eso, generalmente la primera batalla podría ser, no políticas públicas, sino asegurar las llaves de los “candados” claves: cargos, contratos, control y relato. El país mira la obra; mientras el sistema mira, apuesta y analiza la mesa.
Instituciones frágiles: En democracias maduras, dejar el gobierno no significa ni implica necesariamente perder la tranquilidad en la posterior vida civil. Aquí, la mayoría de las veces, significa perder privilegios, influencia y seguridad. Si el árbitro es percibido como parcial, la tentación es capturarlo. Y si la justicia se mueve como péndulo, cada administración se siente obligada a “asegurarse” para no quedar expuesta cuando cambie el sentido del viento.
Cultura política de caudillos: A falta de partidos sólidos, la política se personaliza. Se vota por un salvador, no por un programa; y al salvador se le exige que “derrote” al adversario. Esa perspectiva puede ser rentable, ya que moviliza, simplifica, divide el país en buenos y malos. Pero, sin embargo, no dejaría de ser una potencial trampa, ya que aquella no paga sueldos, no reduce homicidios, no mejora escuelas ni brinda salud.
Es necesario admitir que esta dinámica también la alimentamos desde la ciudadanía, esto es, en redes sociales y plataformas digitales, en sobremesas, en las calles. Pedimos resultados inmediatos y castigos ejemplares; celebramos el golpe y despreciamos el debido proceso cuando le toca “al otro”. Y así, el ciclo se legitima y reproduce….
Salir del ciclo: No se trata de pedir ingenuidad ni “borrón y cuenta nueva”. La corrupción debe investigarse y sancionarse con reglas claras, objetivas y firmes. El punto es diferenciar que, la justicia busca la verdad; la vendetta es selectiva y busca humillación.
Un serio pacto civil puede ser útil, esto es, profesionalismo en la gestión pública, transparencia radical (no discrecionalidad), independencia real de poderes del Estado y de los órganos de control (verdadera democracia), junto con una constante y clara rendición de cuentas.
La pregunta entonces sería, no es por qué los gobiernos atacan, sino por qué les funciona. Quizás la respuesta es porque la pelea da identidad cuando el proyecto flaquea. Y porque el enemigo pudiera ser un atajo emocional para no enfrentar lo realmente difícil de solucionar.
Ecuador no necesita gobiernos sin carácter; necesita gobiernos con firme carácter institucional que defiendan la Libertad en todo el sentido de la palabra. Menos discursos y más objetividad en la aplicación de las reglas. Menos “ellos” y más “todos”.
Ese sería un buen camino democrático, construyendo mayor confianza, una sociedad unida con nortes claros y estables – sobre todo en lo económico (como Perú por ejemplo) y social – independientemente de quien esté de turno sobre el pedestal (muchas veces de cristal).