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El sistema inmune también responde a las pérdidas y al dolor constante, no siempre sabe de dónde viene el ataque y, en ese intento de defendernos, a veces se equivoca.

Durante mucho tiempo se pensó que el divorcio, el duelo o el estrés eran asuntos exclusivamente emocionales, o situaciones difíciles que afectaban el ánimo, el sueño o la concentración, pero que debían superarse con fortaleza y tiempo. Sin embargo, la vida cotidiana nos muestra otra realidad, en los que hay cambios constantes de trabajo, inestabilidad laboral, miedo al futuro o presión sostenida pueden generar un estrés profundo que, con el paso del tiempo, termina enfermando al cuerpo.

La vida diaria los problemas son infinitos, como por ejemplo personas que, tras un divorcio conflictivo, incluso cuando dicen haber perdonado o cuando aparentemente llega la calma, comienzan a presentar síntomas físicos persistentes, es como ver un bosque incendiarse donde solo quedan cenizas y las raíces tardan en volver a brotar, el cuerpo necesita tiempo para repararse.

Algo similar sucede con el duelo por la pérdida de un familiar, a veces, el refugio momentáneo es el alcohol o algún hábito tóxico que anestesia el dolor por un día, pero al día siguiente, la pena sigue ahí, incluso más grande. Las emociones que no se sueltan no desaparecen, se acumulan, y cuando no se elaboran, el cuerpo termina expresándolas.

Desde hace años, la medicina reconoce que el sistema inmune es sensible al estado emocional, la psiconeuroinmunología ha demostrado que las emociones intensas y sostenidas pueden modificar la respuesta inmune y alterar los mecanismos de regulación del organismo. Un divorcio implica pérdida, incertidumbre y ruptura del proyecto de vida, cambian las rutinas, los vínculos, la economía, el sueño y la sensación de seguridad. Para el organismo, todo eso se traduce en una señal de amenaza prolongada.

En ese contexto comienzan a aparecer, o a reactivarse, enfermedades autoinmunes como el vitíligo, la tiroiditis de Hashimoto, la psoriasis, la artritis autoinmune o los trastornos inflamatorios intestinales. El problema no es llorar ni sentir tristeza, el problema es no detenerse nunca, seguir funcionando como si nada pasara, dormir mal, comer sin horarios y vivir en tensión permanente. Hablar de esto no busca culpabilizar a quien se enferma, al contrario, busca ampliar la comprensión es cuidar la salud después de un divorcio o un duelo no es solo seguir adelante, sino también dormir mejor, ordenar rutinas, pedir ayuda y elaborar la pérdida.

Tal vez necesitamos dejar de minimizar el impacto del divorcio, el duelo y el estrés en la salud. Porque sanar una pérdida no es solo rehacer la vida emocional, también es cuidar el equilibrio del cuerpo.



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